La soledad del asfalto

El cigarrillo iba consumiéndose a medida que el humo escapaba por la ventanilla. James, absorto en contemplar la carretera, no se daba cuenta de que la ceniza iba apropiándose del tabaco olvidado en su mano. Solo cuando la brasa rozó sus dedos, dejó escapar una maldición y lanzó instintivamente el cigarro por la ventana. Su mirada se perdió un instante en el horizonte, por donde se había perdido la colilla, antes de volverla a fijar en la carretera, con otra maldición asomándose entre sus labios.

James se había acostumbrado a llenar el silencio con palabras malsonantes. Su falta de respeto hacia el mundo entero habían contribuido a ello y ahora, aunque quisiera hacer el esfuerzo de contenerse, le habría costado borrar aquella costumbre. Al fin y al cabo, sus insultos llenaban aquel sonido hueco que parecía extenderse por sobre la superficie de la tierra como una lava invisible e imparable que abrasaba todo a su paso. Una lava que se había llevado toda vida existente y que lo había dejado a él vivo. Una alma en un mundo ahora desconocido, un lugar al que nunca había pertenecido. Si James no fuera tan escéptico, habría creído que aquella era la maldición que Dios le enviaba después de que él se hubiera pasado treinta y dos años despotricando sobre su persona. Pero James conocía bien el por qué de su soledad, pues lo había vivido con sus propios ojos.

Ya habían pasado dos años desde la muerte del mundo civilizado. Aquella noche de febrero había agradecido estar tan lejos del frío norteño que cubría los estados fronterizos con Canadá, pues su huída sin apenas ropa o comida habría sido muy diferente de haberse encontrado, además, en una tormenta de nieve. ¿Por qué había huido de una muerte que parecía inevitable? Seguramente, ese instinto de supervivencia que lo había llevado hasta esa carretera abandonada lo había guiado lejos de la maldición que asomaba por cada rincón del planeta. De aquella noche solo recordaba coger su camioneta y despedirse de su antigua vida sin mirar atrás, sin contemplar como la luna acariciaba con su brillo plateado las paredes en las que había vivido durante años. Nada de eso le había importado en aquel momento, solo había un pensamiento en su cabeza: huir. Y lo había logrado, de alguna forma.

Con un suspiro de resignación, cogió otro cigarrillo. Solo le quedaban tres y acababa de malgastar uno estúpidamente. Se lo puso en la comisura de los labios antes de tantear, sin desviar la mirada de la carretera, el mechero que, como el tabaco, estaba desperdigado por el asiento del copiloto. Conducir por esa zona era muy fácil. Las carreteras del sur de Estados Unidos solían ser líneas rectas interminables, quilómetros de asfalto, ahora vacíos. Igual de muertos que los árboles que antaño habían proyectado su sombra a la carretera. James contempló los arrugados y ennegrecidos troncos que desfilaban al lado de la carretera, pobres sombras de la vegetación del pasado, mientras una llama leve encendía la punta del cigarro. Una calada honda logró revivirlo como si hubiera tomado elixir de vida y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios al dejar escapar el humo.

¿Por qué, de entre todos los seres vivos, había tenido que sobrevivir él? James no era tan tonto como para creerse el único humano vivo del planeta, pero sí sabía a ciencia cierta que debía ser de los pocos que quedaban. Al igual que toda su vida anterior al cataclismo, lo que había determinado su supervivencia era una mezcla de azar y astucia. Azar, por encontrarse en la ciudad más poblada y menos verde de Estados Unidos. Astucia, por acoger eso a su favor. Aunque no había sido el único que se había escondido en bunkers de hierro y hormigón, había conseguido sobrevivir aquellos dos años sin vegetación ni animales de los que alimentarse, robando comida de los supermercados y aprovechando la gasolina abandonada a su suerte en los estacionamientos.

Una bocanada de humo escapó de entre sus labios y se estrelló contra el parabrisas antes de perderse en el amparo del atardecer. El cielo se teñía cada vez más de rojo ante sus ojos, mientras el coche avanzaba. ¿Dirección? Hacía años que James había dejado de intentar dirigirse a algún sitio. Lo único que quería era poner quilómetros entre él y aquella ciudad horrible. De nuevo, y sin darse cuenta, el hombre se sumergió en sus pensamientos, olvidándose de aquel cigarrillo que tanto le había costado conservar. Las preguntas que asolaban una y otra vez su mente parecían martillearlo ahora con más intensidad que nunca, como si estas intuyeran que se acercaba a una zona donde encontraría respuestas.

– Ostia puta, ¿qué me pasa hoy? – Murmuró con voz enfadada, pues se había vuelto a quemar los dedos.

Malhumorado, lanzó la otra colilla al asfalto y se pinzó el puente de la nariz, cerrando un instante los ojos. Algo había en aquel día que era diferente al resto. Como si la luz anaranjada del cielo le estuviera mandando señales que él no sabía leer. ¿Estaba cegado por sus propias convicciones? ¿Qué era aquel malestar que lo asolaba desde que había arrancado el coche? Negó con la cabeza, arrancando aquellas ideas infundadas de esta. Aunque nunca había sido bueno en ciencias – siquiera había acabado la educación secundaria – tenía una mente analítica que tenía la mala costumbre del escepticismo. No era una persona que se dejara llevar por presentimientos o ideas preconcebidas. No, hasta que no contemplaba con sus propios ojos la realidad, no se la creía.

Sin embargo, aquella noche había actuado inducido por su instinto y no por su lógica. Había arrancado el coche sin saber bien a que se enfrentaba, había contemplado como, a lo lejos, centenares de pájaros caían del cielo como lágrimas negras y como las personas que contemplaban aquel espectáculo caían con ellos. Ninguno había podido ver la nube, nadie había sido capaz de contemplar la amenaza hasta que la guadaña de la Parca había rodeado su gaznate. Después, James había descubierto que había sido la tecnología, la misma que había condenado al humano y al planeta a su extinción, la que lo había salvado. Desde entonces, había avanzado por el páramo de la desolación sin más compañía que sí mismo.

Al principio, aquello no le había molestado. Desde pequeño había buscado la soledad en la sociedad, había buscado la distancia antes que la amistad. Su frialdad lo mantenía cuerdo, alejado, distante. El aislamiento voluntario de un niño que había crecido independiente del resto. ¿Cómo iba a ser aquello diferente? Quizá por eso había logrado sobrevivir tanto tiempo, pues no dependía de nadie y nadie dependía de él. Estaba solo, enfrentándose al mundo como antes de la destrucción total.

Con lentitud, casi como si lo avisara, el coche fue frenando. El ruido del motor resonaba por todo el erial sin ningún otro sonido que lo opacara. Poco a poco, las ruedas fueron parándose y al final, frenaron del todo. El motor calló con un suspiro de alivio y el silencio se apoderó de nuevo de la escena. Era un silencio antinatural, un silencio espeso, denso, absorbente. No había más silencios que lo acompañaran, no había la melodía del grillo ni el cantar del pájaro. Siquiera el susurrar del viento parecía querer acudir a aquella llamada de auxilio muda. No, solo quedaban él, la soledad y el silencio. Y aquel último cigarrillo que, como él, esperaba en el paquete para consumirse. James sonrió con ironía, contemplando la carretera que se unía con el horizonte, sin ningún coche que se interpusiera en aquel paisaje. Casi como si en aquel mundo nuevo no existiera nada más de metal excepto del recién fallecido vehículo de James. Sin desdibujar la sonrisa, enterró su rostro entre sus brazos, apoyados en el volante, y cerró los ojos durante unos minutos. No quería pensar en nada, pese a que aquellas preguntas que lo martilleaban se habían multiplicado. ¿Qué debía hacer? ¿Caminar hasta la extenuación? ¿Avanzar hasta que su cuerpo se uniera a la masacre del cataclismo? Por supuesto, en algún momento su cuerpo fallecería como cualquier humano. Pero de alguna forma, sabía que no estaba preparado. No ahora, no en aquel momento.

Sintiendo como la rabia invadía su interior, empezó a golpear el volante con fuerza, lanzando improperios con la misma fortaleza y velocidad que sus puños. Sus palabras apenas eran inteligibles, ahogadas por la ira. En sus orbes color castaño, miles de sentimientos que durante dos años había almacenado en su interior, ignorándolos a la espera de que estos explotaran o abandonaran su interior. Sentimientos de ira, de desesperación, de injusticia. Sentimientos de impotencia y pesimismo. Sus golpes se hicieron menos fuertes, menos constantes y poco a poco, pararon. Como si quisieran imitar el coche que lo había dejado tirado. Unas lágrimas traicioneras amenazaban con escapar de su mirada, pero James parpadeó, conteniéndolas. Nadie podía contemplarlas, pero aún así sentía que dejarlas escapar era como dejar escapar la última esperanza que pudiera haber tenido.

Con dificultad, pues se sentía demasiado cansado, abrió la puerta y se tumbó en el asfalto templado. Alzó la mirada para contemplar aquel cielo que iba oscureciéndose, perdiendo la luz, de la misma forma que James perdía la esperanza. Con las manos extendidas, como si quisiera abrazar el suelo, y los pies mirando hacia arriba, parecía ya un cadáver.

– Qué irónico. – Pensó James, volviendo a dibujar aquella sonrisa llena de sombras característica suya. – Esperaré a la muerte pareciendo ya un cadáver. ¿Podría así esquivarla?

Sin embargo, sabía bien la respuesta a aquello. No había tretas cuando se enfrentaba al fin. Contempló el paquete de cigarros que había caído con él al suelo, al alcance de su mano. Llamándolo. Recordándole que, ante su próximo destino, ya no tenía sentido racionar nada más que la desilusión. Alargó la mano y alcanzó el cigarrillo restante, llevándoselo a la boca mientras lo encendía. Esta vez, la bocanada no fue tan desesperada, pero sí cargada de placer. Si aquel iba a ser su último cigarro, lo disfrutaría hasta la última calada.

James había estado solo toda su vida y aún así, en aquel instante podía notar como aquella soledad lo penetraba como un cuchillo, su filo arañándole la piel, arrancándole las entrañas. Apuñalando su alma. Esta vez una lágrima traicionera escapó de su control y rodó por su mejilla, hasta caer al seco asfalto. Una lágrima igual de abandonada que él.

Y aunque sabía que era inevitable, que cada segundo que escapaba de su control era un segundo menos hacia su muerte, James se negaba a abandonarse a la desesperación. Quizá fuera por cada una de las caladas de placer del cigarro, quizá porque la ceguera de los sueños rotos era de aquel blanco puro que lo instaba a continuar. Quizá simplemente por qué su alma se aferraba con uñas y dientes a aquel planeta desolado y destrozado. A aquel páramo yermo e infértil. Su mirada se posó en él, buscando una salida a aquella situación.

Y entonces, comprendió que no podía seguir huyendo. Que después de dos años escapando de la muerte, esta al fin había logrado rodearlo y barrarle todas las salidas. Al fin, caía ante la Parca, indefenso. Y sobre todo solo. Se encontró pensando que, por un instante, habría deseado estar al lado de alguien. Deseado cambiar todo aquel pasado que había marcado la frialdad de su corazón. Habría deseado escapar del orfanato, empezar una vida lejos de los recuerdos de la anterior y quizá así, desvendarse la mordaza del dolor pasado para contemplar una nueva vida. Ahora que esta se le escapaba de las manos, era consciente de todos sus errores.

Y entonces, sonrió. James había creado su propia vida. Plagada de errores, sí, pero la había construido él. Había sido su decisión la que lo había mantenido apartado de toda relación y ahora, en la soledad de la carretera, ya no se sentía tan solo.

Cerró los ojos y el silencio lo invadió, solo cortado por su leve y casi muda respiración. En el cielo, los colores se desvanecían para dar paso a un negro salpicado de estrellas, pero James no lo vio. Debajo de sus párpados, la oscuridad era total y de alguna forma, se sentía cómodo entre aquellas tinieblas. Alzó la mano, sin abrir los orbes castaños a la luna, y la cerró con un puño. Desafiante. Lejos, un retumbar suave, casi imperceptible, empezó a  asomar entre las esquinas de la abrumadora quietud. James sabía que significaba aquel sonido. Era el sonido de lo inevitable. Con una sonrisa irónica, lo esperó. Ya no temía a la soledad, ni al silencio. Ya no temía a la muerte, al fin y al cabo, ella era su vieja amiga. Su única y última amiga.

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6 pensamientos en “La soledad del asfalto

    • Muchas gracias! Espero que no sea profético, aunque tampoco me extrañaría… A ver si este fin de semana puedo pasarme yo por tu blog, que lo he visto por encima pero con exámenes es difícil tener tiempo para algo que no sean los apuntes jeje. Un abrazo 🙂

  1. Está genial, me gustó muchísimo esto, me dio pereza empezarlo pero al segundo párrafo ya estaba enganchada a la pantalla XD

    Escribes muy bien, iba a tratar de darte una crítica chiquita así como “oh voy a ayudar a Isa” pero que va XD el único “fallo” en la escritura que vi es pequeño y solo te pasó una vez así que en realidad seguro que es algo que pasaste por alto sin más (en una frase repetiste dos veces la misma palabra exacta y suele queda más estético usar sinónimo, pero ya digo, creo que solo fue en una ocasión “[…] en su interior, ignorándolos a la espera de que estos explotaran o abandonaran su interior […]”)

    Realmente escribes mejor que muchos de los que publican libros ahora mismo, así que estaré al pendiente de tu blog para leer todo lo que salga!

    • OMG no te pude contestar por skype, llegué tarde D: Pero muchísimas gracias por leerte mi relato! La verdad, no esperaba que nadie lo leyera y tu comentario me hizo muchísima ilusión, sobre todo que dijeras que escribo bien xD. La verdad, no me extraña que esperaras algo peor, me alegro haber superado tus expectativas jaja.

      Lo del fallo… lo escribí todo a las 5 de la mañana un día que estaba inspirada y rallada, así que me extraña que no haya más fallos! Debería haberlo releeído antes de colgarlo, pero no me gusta releer las cosas que escribo (al menos en un par de semanas, luego ya me da igual).

      “Realmente escribes mejor que muchos de los que publican libros ahora mismo” ojalá eso me llevara a algún sitio, por que de verdad es mi sueño escribir y si realmente pudiera dedicarme a ello… sería la mujer más feliz del mundo.

      Mil gracias por pasarte por mi blog, por tomarte las molestias de leer esto. En serio, gracias 🙂

  2. Una promesa es una promesa y te dije que lo leería y comentaría así que aquí estoy ❤
    La verdad es que más allá de esos detallitos gramaticales y esas cosas que te mencioné en privado, me encantó la historia. El final me dio mucha paz tras un texto cargado de tensión D: y es genial que puedas transmitir todos esos sentimientos en una historia tan breve.
    Espero que subas más cosas al blog porque claramente es tu pasión y amas escribir. Yo amo leer, así que me vas a seguir teniendo de visitante aunque tarde un poco en comentar (L)

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