Musa

Otro relato corto para el curso de escritores. Este, la verdad, me gusta mucho más y creo que realmente transmite un momento de revelación que, aunque cargado de misticismo, sentí en cierto momento en mi interior. ¡Gracias por leer!

Nunca había pasado tanto miedo como el día en que mi musa decidió abandonarme. Hasta entonces habíamos caminado de la mano, siempre con nuestras diferencias y nuestras similitudes, pero sin que ningún rencor nos separara. A ella yo le gustaba, lo podía ver en su mirada, en la sonrisa taimada que a veces me dirigía, casi una sombra del viento. Y yo, por supuesto, la correspondía. La amaba como no había amado a nadie, con aquel amor infantil y juvenil que mezcla la admiración con las sonrisas inconscientes. Desde que tenía memoria, ella había estado conmigo, su aroma envolviéndome con calidez. ¿Cómo no iba a quererla? A su lado, las montañas contenían historias secretas y los ojos escondían miradas que hablaban de mundos que no conocía. A su lado, conocía la magia de las palabras.

Pero una tarde de invierno, se fue. El día era frío y en mi espalda cargaba los libros para la universidad. La mochila pesaba de responsabilidades. Solía quejarme de ellas en la intimidad, quejarme de los exámenes y los trabajos con los que ocupaba casi todo mi tiempo. Me gustaría poder dedicarte todo mi tiempo solía asegurarle. Ella solo me respondía con una sonrisa triste y una mirada que prometía un mañana más luminoso. Y yo la creía, segura de que algún día los exámenes acabarían y los trabajos serían entregados. En realidad, era la rutina la que me inmovilizaba en unos estudios que no lograba adivinar si me gustaban o no. Estudiaba por inercia, la misma inercia que me hacía acudir a clase.

Y en el instante en que salí de la facultad, el frío me azotó y ella me abandonó. Casi pude imaginarla cabalgando en el viento, su melena ondeando cual bandera, su espalda como mayor despedida. Pero simplemente se fue, desapareció y mi mano quedó abandonada a su suerte, vacía de calor. La verdad es que no lo vi llegar. Hasta entonces, no habíamos tenido problema alguno y ella no me había dado pistas. Qué cojones, ¡ni siquiera quiso despedirse! No, se había desvanecido, como el rocío ante la llegada del amanecer.

Recuerdo como me giré, buscándola con la mirada. Quizá se había retrasado para no enfrentarse a las inclemencias del tiempo. Quizá, simplemente quería permanecer en el cálido interior de la universidad unos instantes más. Pero el pasillo estaba tan vacío como la calle. Llegué a alzar la vista, esperanzada quizá de verla elevada en los cielos, esperándome. Pero no estaba en ningún sitio. No me había esperado ni quería que la acompañara. ¿Por qué me había dejado? Aquella pregunta me martilleó con fuerza desde el instante en que apareció, como un eco en una cueva oscura y perdida.

El rojo del cielo se intensificó, casi reflejando el dolor de mi pérdida. Los colores del atardecer se intuían entre las sombras de los edificios de la universidad, monstruos temibles cuyos dientes escondían en la oscuridad. En lo alto de la cúpula celeste, las pinturas rojizas se expandieron hasta mostrar la belleza de la despedida del sol, coloreando lo que antes era azul claro de una tonalidad de colores cálidos que, en otras circunstancias me habrían hecho sonreír. Esa sí era una despedida, habría pensado, con ella cogida de mi mano. Pero ahora que no estaba, todo me parecía más lúgubre, más apagado. El atardecer ya no desprendía su magia y yo ya no volvería a usar la mía. No sin ella.

El miedo me embargó de nuevo, intensificado por las sombras que me rodeaban y que, sentía, querían devorarme. Todo había sido culpa mía, el haber insistido en apagar mi alma para acudir día tras día a aquel infierno, me había ahogado en una rutina cómoda pero insatisfecha sin temor a que eso afectara a nuestra relación. Quizá estaba harta de esperar a que me despertase de aquella soporífera vida. Quizá simplemente, ya no podía permanecer a mi lado. Caminé por las calles con la cabeza agachada, sin querer mirar como la noche envolvía en penumbra el mundo. Ya tenía suficiente penumbra en mi corazón. Mi paso acelerado daba la sensación de que intentaba huir de algo, pero todos los miedos y la desesperación estaban en mi cabeza. Reverberando en mi interior sin dejarme escuchar nada más. Las calles se transformaron en un laberinto sin final, las aceras en el abismo que me engullía antes de sortearlo. La aguja del minutero parecía haberse parado en el mismo instante en que su mano me había dejado, o probablemente avanzaba con tal exasperante lentitud que más me habría valido que estuviera parada. Quizá, si el tiempo se congelase, ella se apiadaría de mi y volvería. Quizá, si podía leer el terror que anidaba en mi corazón desde su ausencia, me acogería de nuevo en su abrazo. Pero eso no pasó y cuando llegué a casa, mis manos temblorosas apenas lograron hacer entrar la llave en su cerradura. Estaba sudando pese al frío día de invierno, pálida como la nieve, sin sangre alguna que recorriera mi rostro. Toda estaba en mi corazón, intentando reparar la herida.

Abandoné la mochila a su suerte al pie de la escalera y me abalancé hacia mi habitación. En un rincón lejano, podía oír el saludo de mi madre, pero no me importó. Necesitaba comprobar que realmente se había ido, pues una parte de mi anhelaba encontrarla en mi habitación. Rezando para que todo hubiera sido una broma pesada por su parte , para que me esperara, con su cándida sonrisa, a los pies de mi cama. Pero no estaba ahí. En mi cuarto podía respirarse una soledad que me ahogaba, que me hacía jadear con dificultad. Haciendo caso omiso a aquellas señales de ansiedad, me senté en el escritorio y saqué de su envoltorio la pluma con la que solía escribir, las prisas alejando la parsimonia con la que seguía aquel ritual. Ella siempre se reía de que fuera tan tradicional, asegurándome que seguiría acompañándome substituyera el papel por el ordenador. Siempre me había negado, el simple tacto de la  pluma bastaba para inspirarme y llenar páginas y páginas en blanco. Aquella vez, pero, fue diferente. Aunque podía notar la suavidad del material en mis manos, casi pujando por posarse sobre la hoja en blanco, a mi mente no acudían las palabras. Ella se las había llevado. La hoja permaneció en blanco, vacía de letras como mi interior.

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Carnicero de Margaritas

Este texto lo escribí como tarea para un curso de escritura. No estoy muy orgullosa de él, pero aún así quería compartirlo. ¡Gracias por leer!

Pétalo a pétalo, hoja a hoja, el niño destrozaba con sus pequeñas manos la joven flor, que languidecía ante su futuro próximo y definitivo. El despiadado tirano dictaba sentencia con cada unas de las flores del prado sobre el que se sentaba, sin que ninguna de ellas pudiera escapar a su juicio. Culpable, culpable, culpable iba susurrando, a medida que deshojaba una margarita para atacar otra. En sus manos, todo parecía un juego infantil, casi inocente. A los ojos de las flores, aquella sangrienta masacre parecía no tener fin.

Aquello no era la primera vez que sucedía. Las margaritas habían visto como, día tras día, el niño acudía a su encuentro para mimbar su población y minar su moral. Habían florecido hermosas y radiantes bajo el sol resplandeciente de primavera, pero ahora esperaban, atemorizadas, el destino final a manos del infante. Como las hormigas esperan la llegada del titán, algunas osan arrodillarse ante sus pies como si aquello fuera a darles un instante más de vida. Otras, sin embargo, sucumbían en su orgullo ante las pisadas abismales que las aplastaban sin cargos de consciencia. Una imagen desoladora en un ambiente tan radiante que podría haber parecido una novela de Gabriel García Márquez, pues mientras la sangre vegetal corría por las manos del niño, los árboles y animales que los rodeaban coreaban su nombre.

Pero ¿qué infame crimen habían cometido aquellas flores para perecer bajo tan dolorosas condiciones? Ellas no alcanzaban a comprender el porqué de la aparición de la Parca hasta que el mordisco de su guadaña arrancaba la vida de sus florecientes pétalos. ¿Qué crimen cometen las hormigas ante el paso del humano? ¿Qué culpabilidad puede atribuírsele al rey que manda el ejército a morir ante las murallas de la desolación? Las flores eran solo unas víctimas más de un sistema que injustamente controlaba aquel infante, ajeno al dolor de sus torturadas. Él continuaba su labor con concentrada expresión, cada uno de los pétalos del cadáver cayendo cual plumas a sus pies, un túmulo sobre el que el niño se sentaba y gobernaba. Quizá no era consciente de que en sus manos contenía la inocencia del mundo vegetal, pues esa misma inocencia reinaba sobre su sentido común. Al fin y al cabo, él había crecido en aquel mundo, donde los mayores aplastaban a los pequeños, donde la fuerza imperaba sobre la debilidad. La inocencia de aquel que no conoce su mal, pues lo considera bien. No un lobo vestido de cordero, sino uno que nunca ha sido capaz de comprender que su pelaje no es de lana ni su rostro pálido como la luna.

Bajo sus laboriosas manos regordetas, el campo iba transformándose en un cementerio, los deshojados pétalos de la margarita brillando bajo el sol como motas de sangre blanca en un campo estéril. La lista de víctimas fue acortándose hasta que el último pétalo cayó de entre los dedos del infante. Una expresión asustada se instaló en su rostro, desfigurándolo. Y con la capacidad de actuación de un niño de un año, el llanto arrancó natural en sus pulmones, cortando el silencio de respeto que se había instalado en la naturaleza. Unas manos, más grandes que él, más grandes que los cadáveres que adornaban su jardín de juegos, lo cogieron por las axilas y lo auparon. Lo último que pudo hacer el tirano fue alzar la mano intentando alcanzar sus víctimas, con lágrimas en los ojos. Al fin y al cabo, no podía vivir con ellas, pero tampoco sin ellas. El carnicero de margaritas se había vuelto a quedar en el paro.