El fantasma de Saint-Remy

En los libros siempre describen las máquinas del hospital como brillantes y de acero, tan similares a extraños aparatos alienígenas que hacen sentir a la gente mal. No era así en mi caso. Para mí, aquel lugar siempre fue gris y amarillo: una mezcla de colores que al principio me confundió pero que más tarde, parecía formar parte del edificio y de su ambiente intrínsecamente. Tenía mucho tiempo para pasear y poco a poco fui haciéndome dueño de sus pasillos y sus recibidores. Nadie reparaba en mi, el fantasma del Hospital at Saint-Remy. Para los enfermeros, era una simple sombra que no molestaba, uno de los tantos críos de enfermedades crónicas que llenaban salas y a las que solo tenían que cambiar el suero. Y los visitantes siquiera reparaban en mi: sus mentes, inundadas de preocupación, y sus ojos de lágrimas, eran incapaces de ver más allá de los pacientes a los que habían ido a visitar.

Así, me convertí en un fantasma. No de aquellos convencionales que se veían en las películas de miedo, pero sí un espectro que deambulaba por los pasillos. Conocía cada recoveco de la planta de Pediatría, cada rincón y cada escondite, casi como si hubiera sido mi casa. Y pasear por aquel hospital me hacía perder el miedo.

Porque estaba harto del miedo. El miedo que percibía en mi madre, que al igual que tantos otros me miraba con aquella expresión preocupada. Solía hablar con el médico que me atendía con voz temblorosa, casi esperando malas noticias, mientras me miraba de reojo. Estoy convencido que no quería que escuchara sus palabras. A veces, los adultos son incapaces de comprender que los niños no somos estúpidos, pues yo podía perfectamente seguir su conversación. Y luego ella se abocaba sobre mí, intentando paliar su miedo con cariños vacíos. Estaba harto de aquel miedo, porque me seguía ahí donde iba. Estaba en mi interior, recordándome a cada instante que la muerte ya no solo era una visitante lejana, sino que se acercaba inexorablemente. Casi podía escuchar sus pasos en la noche, cuando la oscuridad se cernía sobre el hospital y los pasillos quedaban solo inundados de una luz tenue que apenas alcanzaba para alejar las sombras. Y era en esos momentos cuando el miedo crecía en mi interior, me desamparaba. Como una bola que me ahogaba.

Pero cuando la noche pasaba y la luz alejaba las sombras de mi habitación, acechantes como monstruos, el miedo poco a poco reculaba. Me levantaba de la cama, antes de las rondas, y recorría aquel hospital que ya sentía como mío, disfrutando del observar sin ser observado, del espionaje infantil e inocente que me rescataba de la soledad y de la ansiedad.

Y así fue como la vi. En la habitación 212, aquella que siempre había estado privada para el público, cerrada a cal y canto como si guardara miles de tesoros, estaba abierta aquella mañana. Y el tesoro que contenía era quizá, el más brillante y bonito que he visto nunca. Cuando entré, ella aún dormía. Sus cabellos, recogidos en una larga trenza, eran tan dorados como las princesas de los sueños y nada tenía que envidiarle Cenicienta a su rostro en paz. Un impulso me arrastró hacia su cama, aunque mi mano se quedó colgando sobre su rostro como un péndulo, sin llegar a alcanzar su piel. No me atrevía, descubría un nuevo miedo, más afilado pero menos peligroso, que substituía al anterior. El miedo a dañar aquella belleza, a tocarla y que el sueño que parecía perfilarse en su rostro se perdiera y fuera substituido por la cruda realidad. Y la realidad no me gustaba. Así que simplemente la observé. Hasta que el olor del hospital hubo desaparecido, substituido por el perfume de sus cabellos. Hasta que el miedo que atenazaba mi garganta se disolvió en polvo de paz que me recorrió, un sentimiento tan cálido que me recordaba al sol de verano que hacía tanto tiempo que no disfrutaba. Ya no me ahogaba. Ya no temía a la muerte. Por qué si la vida tenía aquella belleza, pensaba aferrarme a ella como a un clavo ardiente.

Aquella mañana, bajo la resplandeciente luz que entraba por la ventana y arrancada destellos dorados, el fantasma de Saint-Remy desapareció entre sonrisas. Ya nunca más volvería a recorrer los pasillos del hospital.

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