Hilos de plata

Aquí os traigo un relato también para la Escuela de Escritores. En este caso, la tarea consistía en escribir sobre la “realidad sucia” o la “fantasía moderna” y pese a lo atractivo que me parecía el primer tema, acabé haciendo un relato kafkiano algo extraño. Espero que os guste.

Cuando desperté, mi mujer se había convertido en el capullo de una flor. Una figura ovalada, bonita y casi brillante cuyos hilos de plata parecían hechos con luz lunar. El capullo flotaba encima de la cama, levitando a unos centímetros encima de esta, y dejaba escapar un suave ronroneo parecido al de nuestra antigua gata. Casi como si mi mujer estuviera dentro y quisiera llamarme con los recuerdos de nuestra antigua mascota. En el ambiente se respiraba un aroma dulzón que había substituido al humo de ciudad que se respiraba en todo el piso que, años atrás, habíamos comprado como algo temporal. Por lo que yo sabía, mi mujer estaba muerta desde hacía dos semanas y sus cenizas, esparcidas al viento, habían sido su última voluntad. Pero en cuando me desperté y contemplé aquella figura alargada, supe de alguna forma que era mi mujer.

Sin darme cuenta, mis dedos pasearon por la barba que me había dejado tras su muerte, un gesto que se escapaba de mi control cuando estaba pensativo o preocupado. Aquella figura kafkiana se había aparecido a media noche y ahora no sabía cómo actuar. ¿Sería mi mujer otro Gregor Samsa  atrapado en un cuerpo, sin poderse comunicar? ¿O estaría inconsciente en el interior de aquella brillante cápsula? Sin saber bien por qué, alargué la mano hasta los hilos que la envolvían y que se desprendían, ondeantes como si el aire fuera agua y estos rodaran con unas olas invisibles. Un par se enredaron entre mis dedos. Desprendían un calor tenue casi imperceptible y se enganchaban en un abrazo que me impedía llegar a rozar el centro del capullo. Una barrera qué, supe inmediatamente, era una señal de mi mujer para que no la tocara. Casi podía escuchar su voz prohibiéndomelo. Dibujé una sonrisa y asentí, contestándole. Si ese era su deseo, lo cumpliría.

Las dos últimas semanas habían pasado con la pesadez de la tristeza, una lentitud que se había adueñado también de mis movimientos, hasta de mi cuerpo. Mi corazón latía como un tambor cansado y mi respiración era tan pausada que se unía al silencio asfixiante que llenaba el piso. Ya no se escuchaba el tararear de ella cuando cocinaba, o el sonido de la radio sintonizada en los éxitos de hacía tantos años ya. Solo la quietud de la soledad y, atenuados, los sonidos de una ciudad que seguía respirando y viviendo como si nada hubiera pasado. Sin embargo, en cuando me levanté aquella noche, me sentí tan ágil y lleno de energía como nunca. Verla, haberla recuperado, me había revivido a mi también.

A partir de aquel día, mi vida giró alrededor del capullo. Instalé la mesa en nuestra habitación, justo delante de la cama para que ella pudiera acompañarme mientras comía. Cocinaba aquellos platos que a ella le habían salido tan bien, la pasta a la carbonara que tanto adoraba o el pastel de lima cuya receta secreta me había dejado en herencia. Hablaba con ella, sabiendo bien cuáles eran sus palabras como respuesta. Ahí dentro estaba mi mujer y la podía sentir tan viva como si la muerte no nos hubiera separado.

Cada día, el capullo iba creciendo. Por la noche, mientras dormía, los hilos de plata se enrollaban con más fuerza alrededor del núcleo y crecían. La cápsula, que en un principio había tenido el tamaño de un gato, era ya tan alargada como la cama. Y, de alguna forma, sabía que llegaría el día que florecería. Y esperaba con ansias aquel instante, como si al abrirse los pétalos grises, mostrara a mi mujer en el interior, resguardada de la muerte, de mi y del mundo entre el aroma a flor.

Cuando la luna nueva inundó el cielo, el capullo perdió brillo y color y se convirtió en un tono metalizado más frío. Ya ocupaba casi toda la cama y para mí era imposible dormir a su lado, así que había instalado un saco temporal en el suelo, incapaz de dormir lejos de ella por si la perdía de nuevo. Aquella noche, con una lentitud exasperante pero de una belleza indescriptible, los hilos que rodeaban el capullo fueron cayendo como estrellas apagadas, mostrando lo que el interior guardaban: cinco pétalos gigantes del mismo color que, poco a poco, fueron abriéndose, buscando una luz estelar que apenas era visible desde nuestra ventana. Una flor tan grande como nuestra cama, que desprendía aquel olor dulzón con una intensidad que me ahogó. Pero lejos de apartar la mirada o toser, contemplé el espectáculo ilusionado, con la emoción recorriendo mis venas. Ahí estaba, el momento que llevaba tres semanas esperando. La llegada de una primavera adelantada que me traería a mi mujer de vuelta.

La flor, ya abierta totalmente, mostraba un carpelo tan brillante como había sido el capullo la primera noche. En su interior, el estigma negruzco se alzaba, rodeado por los filamentos ondulantes que parecían bailar a su alrededor, pese a que en la habitación no corría brisa alguna. La llamé por su nombre, esperando en cualquier momento entrever su melena azabache y su mirada llena de entusiasmo. La llamé una y otra vez antes de darme cuenta de que había sido un iluso. De que ella no estaba ahí. Nunca lo había estado.

Una lágrima rebelde escapó de mi control, recorriendo el camino de mi mejilla hasta perderse entre mis manos. Una a la que siguieron mil más, estallando mi llanto a la vez que mi decepción. ¿Cómo había podido vivir en aquella mentira que mi propia mente había creado? ¿Cómo había podido creer que la vida pudiera dar un giro novelesco y mostrarle de nuevo a su mujer muerta? Con las manos tapándome la cara, me abandoné a la tristeza que, durante aquellos luminosos días había sido substituido por una ilusión rota ahora en mil pedazos. Y así, apoyado en la cama, al lado de aquella flor gigante que una vez había creído amar, me dormí.

A la mañana siguiente, la flor había desaparecido. Lo único que quedaba de su presencia era su perfume, atenuado ya por su ausencia, y unos largos hilos de plata enredados sobre la cama. Entre ellos, brillando como la misma flor de anoche, me esperaba el anillo de mi mujer. Su última despedida.

La cuadratura del tiempo

Aquella mañana, todo parecía tan monótono como siempre. El despertador a la misma hora, la misma luz del día entrando por entre las cortinas de la habitación. Ya había vivido ese día, lo había vivido mil veces en el pasado y mil veces más en el futuro. Pero eso no importaba. La maquina que daba cuerda al mundo había vuelto a girar y otra vez empezaba la rutina. Me levanté, desenredándome en sábanas de seda y sudores matinales y me duché. Mi mano buscó la masturbación automáticamente y el placer vacío se apoderó de mi cuerpo los cortos minutos en los que podía evadirme de la realidad. Solo que hasta aquella paja era parte de la maldita rutina. La facilidad de esta me adormecía casi tanto como las pastillas que tomaba cada noche para dormir, pero esta vez mis ojos estaban abiertos. Observaban sin ver, miraban sin fijarse. Y mientras el agua de la ducha caía sobre mí como una cascada, ya no podía pensar, la niebla apoderándose de mi mente como tentáculos invisibles. Era una niebla blanca, espesa, densa, tan tangible que cuando pensaba, mis ideas traspasaban algo sólido, húmedo. Casi podía sentir las gotas caer sobre mi cerebro. Antes, las duchas habían sido mi momento de reflexión, el instante de éxtasis en la que la soledad era mi mejor amiga. Ahora, pero, estaba demasiado cansado. Demasiado harto de aquel mundo cuyos engranajes gobernaban los míos.

Trabajaba en unos altos edificios, ocupando un puesto central. Había estado orgulloso de aquel puesto, del ascenso que lo había provocado y de mi trabajo, hasta que el orgullo había sido enterrado por el aburrimiento. Ahora era solo un bloque más en aquella pirámide de rutina que cada día escalaba, un bloque que, como los demás, tenía que superar y seguir ascendiendo. Al llegar a los edificios, entré en el solitario vestíbulo, cuyos techos altos parecían los de una iglesia, pero sin la religiosidad ni el silencio y apreté el botón del ascensor. Tardaba exactamente dos minutos y diecinueve segundos en aparcar el coche en mi zona de parking y llegar al ascensor. Dos minutos y diecinueve segundos contados, exactos, que no variaban un solo día. Aquel cronómetro humano que era la monotonía controlaba que cada cosa se hiciera a su tiempo, que su cuerpo se despertara a las siete cuarenta y nueve y que su ducha acabara a las ocho en punto. Todo calculado, sin ninguna variable que se saliera de aquella norma. Para mí, los horarios ya no tenían sentido. Había decidido dejarme llevar por la corriente, esperar a que fuera esta la que me arrastrara hasta que llegara el final. La corriente sabía que hacía, fluía por el camino correcto. ¿Quién necesitaba horarios cuando tenía la rutina? ¿Quién los necesitaba cuando tenía la exactitud de la redundancia?

Entré en el ascensor con la extraña sensación de deja vu que había aprendido a ignorar. Pero había algo extraño en el minúsculo espacio. Un cambio, algo no previsto en aquella cuadratura del tiempo. El conserje, por alguna razón, parecía dirigirse al mismo piso que yo. Lo contemplé un instante, un momento de duda antes de entrar en el ascensor y dejarme llevar de nuevo por esa corriente que un solo hombre no podía cambiar. Lo había observado muchas veces, solo por el rabillo del ojo, cuando este no podía verme. Un hombre hecho al tiempo, que día tras día se había dejado llevar por la misma rutina que yo. Solo que esta lo había arrastrado hasta la mediocridad. Solitario, incapaz de cambiar su vida, aquel hombre se había dejado llevar por lo que la vida le regalara. Una alma perdida que me provocaba, a partes iguales, repugnancia y lástima. ¿Cómo podía alguien conformarse con tan poco? Me aparté, lo justo en aquel pequeño espacio para que nuestras miradas no se encontraran. Me incomodaba que estuviera ahí, en aquel rincón que había hecho mío en el paso de los años. Como una mancha negra en una pared inmaculada. Como una mota de polvo en el suelo más limpio.

Y entonces, en un silencio casi aplastante, el ascensor se paró y las luces se apagaron. Miré a mi alrededor, esperando falsamente que solo fuera una broma de mal gusto, que la luminosidad volviera tal y como se había ido. En todos los años que llevaba trabajando en aquel lugar, nada había roto el horario que mentalmente había calculado. Dos minutos y diecinueve segundos para llegar al ascensor. Un recorrido de un minuto y trece segundos para llegar a mi planta. Cuarenta pasos hasta mi perfectamente ordenada mesa. Y ocho largas horas de trabajo que solo servían para alimentar la esperanza de poder escalar posiciones en aquella empresa, de llegar algún día a tener un despacho con vistas al mar y un sueldo aceptable. Como si eso pudiera llenar el vacío de los días. Pero aquella rutina se había roto en el momento en que se habían ido las luces y ahora, en la penumbra, solo iluminada por el resplandor del cartel de emergencia, me sentía perdido. Me había entregado a esa vida monótona y ahora ella me traicionaba, me rompía los esquemas, me mostraba una intersección. Tenía que elegir y a mí nunca se me había dado bien.

La respiración del conserje se aceleró. Un sonido que parecía fundirse con el silencio, que me confundía aún más que aquel imprevisto. No quise girarme, consciente de que los sonidos podían fundirse en mi mente, pero no así las imágenes. Si no lo veía, no lo podía sentir. Siempre había sido una persona egoísta y ahora me aferraba a ese egoísmo como si pudiera salvarme de la confusión y el horror. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nadie nos había rescatado aún? Pero no pude seguir ignorando la situación cuando un golpe seco me anunció que el conserje había caído, desvanecido en quién sabía qué dolencia. Me giré, contemplándolo sin querer arrodillarme a su lado, sin querer implicarme más que un simple vistazo. Un simple “¿Estás bien?” que no obtuvo respuesta.

Solo cuando me arrodillé al fin, cuando comprobé su pulso con una expresión de repugnancia, me di cuenta de que estaba muerto. La solitud del ascensor se había apoderado de él, de su corazón y ahora su cadáver sería mi único acompañante en aquel encierro involuntario. Quise gritar, pero solo podía contemplar, asombrado por el horror, aquella escena que no podía acabar de creerme. Tenía que estar soñando, tenía que ser una broma del destino en el que nunca había confiado. Los segundos se dilataron hasta convertirse en minutos y la oscuridad se acentuó como si pudiera tragarme, engullirme y dejarme sordo, ciego y mudo. Muerto como el conserje. Quise recordar su nombre, como si hacerlo pudiera cambiar las circunstancias de su marcha. Pero siquiera podía acordarme del mío. Siquiera podía recordar qué estaba haciendo ahí, en ese espacio encerrado cuyas paredes, poco a poco, se caían sobre mí, me asfixiaban. La claustrofobia, desconocida hasta entonces, me acechaba como un depredador en la sabana. Solo que yo no tenía lugar al que ir. No tenía lugar donde huir.

Y entonces, lo comprendí. Vi en ese rostro cadavérico, blanquecino y amparado en la penumbra, mi propio rostro. Vi mis ojos y mis mejillas, mi nariz afilada y mis labios, sellados siempre en constante desagrado. Vi mi vida en aquel cuerpo sin vida, vi mi muerte en él. Había muerto solo, tal y como yo moriría algún día. Encerrado en un ascensor, encerrado en una rutina. Encerrado como había estado siempre, en esos cuatro barrotes que yo mismo había creado.

Las puertas se abrieron, una cicatriz afilada de luz rasgando mis pupilas dilatadas. Me tapé los ojos con el brazo, desconcertado y confuso. Unos brazos me cogieron y me levantaron del suelo me preguntaron cosas para lo que no tenía respuesta. Y me sacaron de aquel ascensor casi a rastras, ayudando a mis piernas a caminar como si hubiera estado encerrado días y no unos minutos. Pero lo que nadie podía comprender es que la persona que había salido de aquel lugar no era la misma que había entrado.