La cuadratura del tiempo

Aquella mañana, todo parecía tan monótono como siempre. El despertador a la misma hora, la misma luz del día entrando por entre las cortinas de la habitación. Ya había vivido ese día, lo había vivido mil veces en el pasado y mil veces más en el futuro. Pero eso no importaba. La maquina que daba cuerda al mundo había vuelto a girar y otra vez empezaba la rutina. Me levanté, desenredándome en sábanas de seda y sudores matinales y me duché. Mi mano buscó la masturbación automáticamente y el placer vacío se apoderó de mi cuerpo los cortos minutos en los que podía evadirme de la realidad. Solo que hasta aquella paja era parte de la maldita rutina. La facilidad de esta me adormecía casi tanto como las pastillas que tomaba cada noche para dormir, pero esta vez mis ojos estaban abiertos. Observaban sin ver, miraban sin fijarse. Y mientras el agua de la ducha caía sobre mí como una cascada, ya no podía pensar, la niebla apoderándose de mi mente como tentáculos invisibles. Era una niebla blanca, espesa, densa, tan tangible que cuando pensaba, mis ideas traspasaban algo sólido, húmedo. Casi podía sentir las gotas caer sobre mi cerebro. Antes, las duchas habían sido mi momento de reflexión, el instante de éxtasis en la que la soledad era mi mejor amiga. Ahora, pero, estaba demasiado cansado. Demasiado harto de aquel mundo cuyos engranajes gobernaban los míos.

Trabajaba en unos altos edificios, ocupando un puesto central. Había estado orgulloso de aquel puesto, del ascenso que lo había provocado y de mi trabajo, hasta que el orgullo había sido enterrado por el aburrimiento. Ahora era solo un bloque más en aquella pirámide de rutina que cada día escalaba, un bloque que, como los demás, tenía que superar y seguir ascendiendo. Al llegar a los edificios, entré en el solitario vestíbulo, cuyos techos altos parecían los de una iglesia, pero sin la religiosidad ni el silencio y apreté el botón del ascensor. Tardaba exactamente dos minutos y diecinueve segundos en aparcar el coche en mi zona de parking y llegar al ascensor. Dos minutos y diecinueve segundos contados, exactos, que no variaban un solo día. Aquel cronómetro humano que era la monotonía controlaba que cada cosa se hiciera a su tiempo, que su cuerpo se despertara a las siete cuarenta y nueve y que su ducha acabara a las ocho en punto. Todo calculado, sin ninguna variable que se saliera de aquella norma. Para mí, los horarios ya no tenían sentido. Había decidido dejarme llevar por la corriente, esperar a que fuera esta la que me arrastrara hasta que llegara el final. La corriente sabía que hacía, fluía por el camino correcto. ¿Quién necesitaba horarios cuando tenía la rutina? ¿Quién los necesitaba cuando tenía la exactitud de la redundancia?

Entré en el ascensor con la extraña sensación de deja vu que había aprendido a ignorar. Pero había algo extraño en el minúsculo espacio. Un cambio, algo no previsto en aquella cuadratura del tiempo. El conserje, por alguna razón, parecía dirigirse al mismo piso que yo. Lo contemplé un instante, un momento de duda antes de entrar en el ascensor y dejarme llevar de nuevo por esa corriente que un solo hombre no podía cambiar. Lo había observado muchas veces, solo por el rabillo del ojo, cuando este no podía verme. Un hombre hecho al tiempo, que día tras día se había dejado llevar por la misma rutina que yo. Solo que esta lo había arrastrado hasta la mediocridad. Solitario, incapaz de cambiar su vida, aquel hombre se había dejado llevar por lo que la vida le regalara. Una alma perdida que me provocaba, a partes iguales, repugnancia y lástima. ¿Cómo podía alguien conformarse con tan poco? Me aparté, lo justo en aquel pequeño espacio para que nuestras miradas no se encontraran. Me incomodaba que estuviera ahí, en aquel rincón que había hecho mío en el paso de los años. Como una mancha negra en una pared inmaculada. Como una mota de polvo en el suelo más limpio.

Y entonces, en un silencio casi aplastante, el ascensor se paró y las luces se apagaron. Miré a mi alrededor, esperando falsamente que solo fuera una broma de mal gusto, que la luminosidad volviera tal y como se había ido. En todos los años que llevaba trabajando en aquel lugar, nada había roto el horario que mentalmente había calculado. Dos minutos y diecinueve segundos para llegar al ascensor. Un recorrido de un minuto y trece segundos para llegar a mi planta. Cuarenta pasos hasta mi perfectamente ordenada mesa. Y ocho largas horas de trabajo que solo servían para alimentar la esperanza de poder escalar posiciones en aquella empresa, de llegar algún día a tener un despacho con vistas al mar y un sueldo aceptable. Como si eso pudiera llenar el vacío de los días. Pero aquella rutina se había roto en el momento en que se habían ido las luces y ahora, en la penumbra, solo iluminada por el resplandor del cartel de emergencia, me sentía perdido. Me había entregado a esa vida monótona y ahora ella me traicionaba, me rompía los esquemas, me mostraba una intersección. Tenía que elegir y a mí nunca se me había dado bien.

La respiración del conserje se aceleró. Un sonido que parecía fundirse con el silencio, que me confundía aún más que aquel imprevisto. No quise girarme, consciente de que los sonidos podían fundirse en mi mente, pero no así las imágenes. Si no lo veía, no lo podía sentir. Siempre había sido una persona egoísta y ahora me aferraba a ese egoísmo como si pudiera salvarme de la confusión y el horror. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nadie nos había rescatado aún? Pero no pude seguir ignorando la situación cuando un golpe seco me anunció que el conserje había caído, desvanecido en quién sabía qué dolencia. Me giré, contemplándolo sin querer arrodillarme a su lado, sin querer implicarme más que un simple vistazo. Un simple “¿Estás bien?” que no obtuvo respuesta.

Solo cuando me arrodillé al fin, cuando comprobé su pulso con una expresión de repugnancia, me di cuenta de que estaba muerto. La solitud del ascensor se había apoderado de él, de su corazón y ahora su cadáver sería mi único acompañante en aquel encierro involuntario. Quise gritar, pero solo podía contemplar, asombrado por el horror, aquella escena que no podía acabar de creerme. Tenía que estar soñando, tenía que ser una broma del destino en el que nunca había confiado. Los segundos se dilataron hasta convertirse en minutos y la oscuridad se acentuó como si pudiera tragarme, engullirme y dejarme sordo, ciego y mudo. Muerto como el conserje. Quise recordar su nombre, como si hacerlo pudiera cambiar las circunstancias de su marcha. Pero siquiera podía acordarme del mío. Siquiera podía recordar qué estaba haciendo ahí, en ese espacio encerrado cuyas paredes, poco a poco, se caían sobre mí, me asfixiaban. La claustrofobia, desconocida hasta entonces, me acechaba como un depredador en la sabana. Solo que yo no tenía lugar al que ir. No tenía lugar donde huir.

Y entonces, lo comprendí. Vi en ese rostro cadavérico, blanquecino y amparado en la penumbra, mi propio rostro. Vi mis ojos y mis mejillas, mi nariz afilada y mis labios, sellados siempre en constante desagrado. Vi mi vida en aquel cuerpo sin vida, vi mi muerte en él. Había muerto solo, tal y como yo moriría algún día. Encerrado en un ascensor, encerrado en una rutina. Encerrado como había estado siempre, en esos cuatro barrotes que yo mismo había creado.

Las puertas se abrieron, una cicatriz afilada de luz rasgando mis pupilas dilatadas. Me tapé los ojos con el brazo, desconcertado y confuso. Unos brazos me cogieron y me levantaron del suelo me preguntaron cosas para lo que no tenía respuesta. Y me sacaron de aquel ascensor casi a rastras, ayudando a mis piernas a caminar como si hubiera estado encerrado días y no unos minutos. Pero lo que nadie podía comprender es que la persona que había salido de aquel lugar no era la misma que había entrado.

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