Hilos de plata

Aquí os traigo un relato también para la Escuela de Escritores. En este caso, la tarea consistía en escribir sobre la “realidad sucia” o la “fantasía moderna” y pese a lo atractivo que me parecía el primer tema, acabé haciendo un relato kafkiano algo extraño. Espero que os guste.

Cuando desperté, mi mujer se había convertido en el capullo de una flor. Una figura ovalada, bonita y casi brillante cuyos hilos de plata parecían hechos con luz lunar. El capullo flotaba encima de la cama, levitando a unos centímetros encima de esta, y dejaba escapar un suave ronroneo parecido al de nuestra antigua gata. Casi como si mi mujer estuviera dentro y quisiera llamarme con los recuerdos de nuestra antigua mascota. En el ambiente se respiraba un aroma dulzón que había substituido al humo de ciudad que se respiraba en todo el piso que, años atrás, habíamos comprado como algo temporal. Por lo que yo sabía, mi mujer estaba muerta desde hacía dos semanas y sus cenizas, esparcidas al viento, habían sido su última voluntad. Pero en cuando me desperté y contemplé aquella figura alargada, supe de alguna forma que era mi mujer.

Sin darme cuenta, mis dedos pasearon por la barba que me había dejado tras su muerte, un gesto que se escapaba de mi control cuando estaba pensativo o preocupado. Aquella figura kafkiana se había aparecido a media noche y ahora no sabía cómo actuar. ¿Sería mi mujer otro Gregor Samsa  atrapado en un cuerpo, sin poderse comunicar? ¿O estaría inconsciente en el interior de aquella brillante cápsula? Sin saber bien por qué, alargué la mano hasta los hilos que la envolvían y que se desprendían, ondeantes como si el aire fuera agua y estos rodaran con unas olas invisibles. Un par se enredaron entre mis dedos. Desprendían un calor tenue casi imperceptible y se enganchaban en un abrazo que me impedía llegar a rozar el centro del capullo. Una barrera qué, supe inmediatamente, era una señal de mi mujer para que no la tocara. Casi podía escuchar su voz prohibiéndomelo. Dibujé una sonrisa y asentí, contestándole. Si ese era su deseo, lo cumpliría.

Las dos últimas semanas habían pasado con la pesadez de la tristeza, una lentitud que se había adueñado también de mis movimientos, hasta de mi cuerpo. Mi corazón latía como un tambor cansado y mi respiración era tan pausada que se unía al silencio asfixiante que llenaba el piso. Ya no se escuchaba el tararear de ella cuando cocinaba, o el sonido de la radio sintonizada en los éxitos de hacía tantos años ya. Solo la quietud de la soledad y, atenuados, los sonidos de una ciudad que seguía respirando y viviendo como si nada hubiera pasado. Sin embargo, en cuando me levanté aquella noche, me sentí tan ágil y lleno de energía como nunca. Verla, haberla recuperado, me había revivido a mi también.

A partir de aquel día, mi vida giró alrededor del capullo. Instalé la mesa en nuestra habitación, justo delante de la cama para que ella pudiera acompañarme mientras comía. Cocinaba aquellos platos que a ella le habían salido tan bien, la pasta a la carbonara que tanto adoraba o el pastel de lima cuya receta secreta me había dejado en herencia. Hablaba con ella, sabiendo bien cuáles eran sus palabras como respuesta. Ahí dentro estaba mi mujer y la podía sentir tan viva como si la muerte no nos hubiera separado.

Cada día, el capullo iba creciendo. Por la noche, mientras dormía, los hilos de plata se enrollaban con más fuerza alrededor del núcleo y crecían. La cápsula, que en un principio había tenido el tamaño de un gato, era ya tan alargada como la cama. Y, de alguna forma, sabía que llegaría el día que florecería. Y esperaba con ansias aquel instante, como si al abrirse los pétalos grises, mostrara a mi mujer en el interior, resguardada de la muerte, de mi y del mundo entre el aroma a flor.

Cuando la luna nueva inundó el cielo, el capullo perdió brillo y color y se convirtió en un tono metalizado más frío. Ya ocupaba casi toda la cama y para mí era imposible dormir a su lado, así que había instalado un saco temporal en el suelo, incapaz de dormir lejos de ella por si la perdía de nuevo. Aquella noche, con una lentitud exasperante pero de una belleza indescriptible, los hilos que rodeaban el capullo fueron cayendo como estrellas apagadas, mostrando lo que el interior guardaban: cinco pétalos gigantes del mismo color que, poco a poco, fueron abriéndose, buscando una luz estelar que apenas era visible desde nuestra ventana. Una flor tan grande como nuestra cama, que desprendía aquel olor dulzón con una intensidad que me ahogó. Pero lejos de apartar la mirada o toser, contemplé el espectáculo ilusionado, con la emoción recorriendo mis venas. Ahí estaba, el momento que llevaba tres semanas esperando. La llegada de una primavera adelantada que me traería a mi mujer de vuelta.

La flor, ya abierta totalmente, mostraba un carpelo tan brillante como había sido el capullo la primera noche. En su interior, el estigma negruzco se alzaba, rodeado por los filamentos ondulantes que parecían bailar a su alrededor, pese a que en la habitación no corría brisa alguna. La llamé por su nombre, esperando en cualquier momento entrever su melena azabache y su mirada llena de entusiasmo. La llamé una y otra vez antes de darme cuenta de que había sido un iluso. De que ella no estaba ahí. Nunca lo había estado.

Una lágrima rebelde escapó de mi control, recorriendo el camino de mi mejilla hasta perderse entre mis manos. Una a la que siguieron mil más, estallando mi llanto a la vez que mi decepción. ¿Cómo había podido vivir en aquella mentira que mi propia mente había creado? ¿Cómo había podido creer que la vida pudiera dar un giro novelesco y mostrarle de nuevo a su mujer muerta? Con las manos tapándome la cara, me abandoné a la tristeza que, durante aquellos luminosos días había sido substituido por una ilusión rota ahora en mil pedazos. Y así, apoyado en la cama, al lado de aquella flor gigante que una vez había creído amar, me dormí.

A la mañana siguiente, la flor había desaparecido. Lo único que quedaba de su presencia era su perfume, atenuado ya por su ausencia, y unos largos hilos de plata enredados sobre la cama. Entre ellos, brillando como la misma flor de anoche, me esperaba el anillo de mi mujer. Su última despedida.

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La cuadratura del tiempo

Aquella mañana, todo parecía tan monótono como siempre. El despertador a la misma hora, la misma luz del día entrando por entre las cortinas de la habitación. Ya había vivido ese día, lo había vivido mil veces en el pasado y mil veces más en el futuro. Pero eso no importaba. La maquina que daba cuerda al mundo había vuelto a girar y otra vez empezaba la rutina. Me levanté, desenredándome en sábanas de seda y sudores matinales y me duché. Mi mano buscó la masturbación automáticamente y el placer vacío se apoderó de mi cuerpo los cortos minutos en los que podía evadirme de la realidad. Solo que hasta aquella paja era parte de la maldita rutina. La facilidad de esta me adormecía casi tanto como las pastillas que tomaba cada noche para dormir, pero esta vez mis ojos estaban abiertos. Observaban sin ver, miraban sin fijarse. Y mientras el agua de la ducha caía sobre mí como una cascada, ya no podía pensar, la niebla apoderándose de mi mente como tentáculos invisibles. Era una niebla blanca, espesa, densa, tan tangible que cuando pensaba, mis ideas traspasaban algo sólido, húmedo. Casi podía sentir las gotas caer sobre mi cerebro. Antes, las duchas habían sido mi momento de reflexión, el instante de éxtasis en la que la soledad era mi mejor amiga. Ahora, pero, estaba demasiado cansado. Demasiado harto de aquel mundo cuyos engranajes gobernaban los míos.

Trabajaba en unos altos edificios, ocupando un puesto central. Había estado orgulloso de aquel puesto, del ascenso que lo había provocado y de mi trabajo, hasta que el orgullo había sido enterrado por el aburrimiento. Ahora era solo un bloque más en aquella pirámide de rutina que cada día escalaba, un bloque que, como los demás, tenía que superar y seguir ascendiendo. Al llegar a los edificios, entré en el solitario vestíbulo, cuyos techos altos parecían los de una iglesia, pero sin la religiosidad ni el silencio y apreté el botón del ascensor. Tardaba exactamente dos minutos y diecinueve segundos en aparcar el coche en mi zona de parking y llegar al ascensor. Dos minutos y diecinueve segundos contados, exactos, que no variaban un solo día. Aquel cronómetro humano que era la monotonía controlaba que cada cosa se hiciera a su tiempo, que su cuerpo se despertara a las siete cuarenta y nueve y que su ducha acabara a las ocho en punto. Todo calculado, sin ninguna variable que se saliera de aquella norma. Para mí, los horarios ya no tenían sentido. Había decidido dejarme llevar por la corriente, esperar a que fuera esta la que me arrastrara hasta que llegara el final. La corriente sabía que hacía, fluía por el camino correcto. ¿Quién necesitaba horarios cuando tenía la rutina? ¿Quién los necesitaba cuando tenía la exactitud de la redundancia?

Entré en el ascensor con la extraña sensación de deja vu que había aprendido a ignorar. Pero había algo extraño en el minúsculo espacio. Un cambio, algo no previsto en aquella cuadratura del tiempo. El conserje, por alguna razón, parecía dirigirse al mismo piso que yo. Lo contemplé un instante, un momento de duda antes de entrar en el ascensor y dejarme llevar de nuevo por esa corriente que un solo hombre no podía cambiar. Lo había observado muchas veces, solo por el rabillo del ojo, cuando este no podía verme. Un hombre hecho al tiempo, que día tras día se había dejado llevar por la misma rutina que yo. Solo que esta lo había arrastrado hasta la mediocridad. Solitario, incapaz de cambiar su vida, aquel hombre se había dejado llevar por lo que la vida le regalara. Una alma perdida que me provocaba, a partes iguales, repugnancia y lástima. ¿Cómo podía alguien conformarse con tan poco? Me aparté, lo justo en aquel pequeño espacio para que nuestras miradas no se encontraran. Me incomodaba que estuviera ahí, en aquel rincón que había hecho mío en el paso de los años. Como una mancha negra en una pared inmaculada. Como una mota de polvo en el suelo más limpio.

Y entonces, en un silencio casi aplastante, el ascensor se paró y las luces se apagaron. Miré a mi alrededor, esperando falsamente que solo fuera una broma de mal gusto, que la luminosidad volviera tal y como se había ido. En todos los años que llevaba trabajando en aquel lugar, nada había roto el horario que mentalmente había calculado. Dos minutos y diecinueve segundos para llegar al ascensor. Un recorrido de un minuto y trece segundos para llegar a mi planta. Cuarenta pasos hasta mi perfectamente ordenada mesa. Y ocho largas horas de trabajo que solo servían para alimentar la esperanza de poder escalar posiciones en aquella empresa, de llegar algún día a tener un despacho con vistas al mar y un sueldo aceptable. Como si eso pudiera llenar el vacío de los días. Pero aquella rutina se había roto en el momento en que se habían ido las luces y ahora, en la penumbra, solo iluminada por el resplandor del cartel de emergencia, me sentía perdido. Me había entregado a esa vida monótona y ahora ella me traicionaba, me rompía los esquemas, me mostraba una intersección. Tenía que elegir y a mí nunca se me había dado bien.

La respiración del conserje se aceleró. Un sonido que parecía fundirse con el silencio, que me confundía aún más que aquel imprevisto. No quise girarme, consciente de que los sonidos podían fundirse en mi mente, pero no así las imágenes. Si no lo veía, no lo podía sentir. Siempre había sido una persona egoísta y ahora me aferraba a ese egoísmo como si pudiera salvarme de la confusión y el horror. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nadie nos había rescatado aún? Pero no pude seguir ignorando la situación cuando un golpe seco me anunció que el conserje había caído, desvanecido en quién sabía qué dolencia. Me giré, contemplándolo sin querer arrodillarme a su lado, sin querer implicarme más que un simple vistazo. Un simple “¿Estás bien?” que no obtuvo respuesta.

Solo cuando me arrodillé al fin, cuando comprobé su pulso con una expresión de repugnancia, me di cuenta de que estaba muerto. La solitud del ascensor se había apoderado de él, de su corazón y ahora su cadáver sería mi único acompañante en aquel encierro involuntario. Quise gritar, pero solo podía contemplar, asombrado por el horror, aquella escena que no podía acabar de creerme. Tenía que estar soñando, tenía que ser una broma del destino en el que nunca había confiado. Los segundos se dilataron hasta convertirse en minutos y la oscuridad se acentuó como si pudiera tragarme, engullirme y dejarme sordo, ciego y mudo. Muerto como el conserje. Quise recordar su nombre, como si hacerlo pudiera cambiar las circunstancias de su marcha. Pero siquiera podía acordarme del mío. Siquiera podía recordar qué estaba haciendo ahí, en ese espacio encerrado cuyas paredes, poco a poco, se caían sobre mí, me asfixiaban. La claustrofobia, desconocida hasta entonces, me acechaba como un depredador en la sabana. Solo que yo no tenía lugar al que ir. No tenía lugar donde huir.

Y entonces, lo comprendí. Vi en ese rostro cadavérico, blanquecino y amparado en la penumbra, mi propio rostro. Vi mis ojos y mis mejillas, mi nariz afilada y mis labios, sellados siempre en constante desagrado. Vi mi vida en aquel cuerpo sin vida, vi mi muerte en él. Había muerto solo, tal y como yo moriría algún día. Encerrado en un ascensor, encerrado en una rutina. Encerrado como había estado siempre, en esos cuatro barrotes que yo mismo había creado.

Las puertas se abrieron, una cicatriz afilada de luz rasgando mis pupilas dilatadas. Me tapé los ojos con el brazo, desconcertado y confuso. Unos brazos me cogieron y me levantaron del suelo me preguntaron cosas para lo que no tenía respuesta. Y me sacaron de aquel ascensor casi a rastras, ayudando a mis piernas a caminar como si hubiera estado encerrado días y no unos minutos. Pero lo que nadie podía comprender es que la persona que había salido de aquel lugar no era la misma que había entrado.

El fantasma de Saint-Remy

En los libros siempre describen las máquinas del hospital como brillantes y de acero, tan similares a extraños aparatos alienígenas que hacen sentir a la gente mal. No era así en mi caso. Para mí, aquel lugar siempre fue gris y amarillo: una mezcla de colores que al principio me confundió pero que más tarde, parecía formar parte del edificio y de su ambiente intrínsecamente. Tenía mucho tiempo para pasear y poco a poco fui haciéndome dueño de sus pasillos y sus recibidores. Nadie reparaba en mi, el fantasma del Hospital at Saint-Remy. Para los enfermeros, era una simple sombra que no molestaba, uno de los tantos críos de enfermedades crónicas que llenaban salas y a las que solo tenían que cambiar el suero. Y los visitantes siquiera reparaban en mi: sus mentes, inundadas de preocupación, y sus ojos de lágrimas, eran incapaces de ver más allá de los pacientes a los que habían ido a visitar.

Así, me convertí en un fantasma. No de aquellos convencionales que se veían en las películas de miedo, pero sí un espectro que deambulaba por los pasillos. Conocía cada recoveco de la planta de Pediatría, cada rincón y cada escondite, casi como si hubiera sido mi casa. Y pasear por aquel hospital me hacía perder el miedo.

Porque estaba harto del miedo. El miedo que percibía en mi madre, que al igual que tantos otros me miraba con aquella expresión preocupada. Solía hablar con el médico que me atendía con voz temblorosa, casi esperando malas noticias, mientras me miraba de reojo. Estoy convencido que no quería que escuchara sus palabras. A veces, los adultos son incapaces de comprender que los niños no somos estúpidos, pues yo podía perfectamente seguir su conversación. Y luego ella se abocaba sobre mí, intentando paliar su miedo con cariños vacíos. Estaba harto de aquel miedo, porque me seguía ahí donde iba. Estaba en mi interior, recordándome a cada instante que la muerte ya no solo era una visitante lejana, sino que se acercaba inexorablemente. Casi podía escuchar sus pasos en la noche, cuando la oscuridad se cernía sobre el hospital y los pasillos quedaban solo inundados de una luz tenue que apenas alcanzaba para alejar las sombras. Y era en esos momentos cuando el miedo crecía en mi interior, me desamparaba. Como una bola que me ahogaba.

Pero cuando la noche pasaba y la luz alejaba las sombras de mi habitación, acechantes como monstruos, el miedo poco a poco reculaba. Me levantaba de la cama, antes de las rondas, y recorría aquel hospital que ya sentía como mío, disfrutando del observar sin ser observado, del espionaje infantil e inocente que me rescataba de la soledad y de la ansiedad.

Y así fue como la vi. En la habitación 212, aquella que siempre había estado privada para el público, cerrada a cal y canto como si guardara miles de tesoros, estaba abierta aquella mañana. Y el tesoro que contenía era quizá, el más brillante y bonito que he visto nunca. Cuando entré, ella aún dormía. Sus cabellos, recogidos en una larga trenza, eran tan dorados como las princesas de los sueños y nada tenía que envidiarle Cenicienta a su rostro en paz. Un impulso me arrastró hacia su cama, aunque mi mano se quedó colgando sobre su rostro como un péndulo, sin llegar a alcanzar su piel. No me atrevía, descubría un nuevo miedo, más afilado pero menos peligroso, que substituía al anterior. El miedo a dañar aquella belleza, a tocarla y que el sueño que parecía perfilarse en su rostro se perdiera y fuera substituido por la cruda realidad. Y la realidad no me gustaba. Así que simplemente la observé. Hasta que el olor del hospital hubo desaparecido, substituido por el perfume de sus cabellos. Hasta que el miedo que atenazaba mi garganta se disolvió en polvo de paz que me recorrió, un sentimiento tan cálido que me recordaba al sol de verano que hacía tanto tiempo que no disfrutaba. Ya no me ahogaba. Ya no temía a la muerte. Por qué si la vida tenía aquella belleza, pensaba aferrarme a ella como a un clavo ardiente.

Aquella mañana, bajo la resplandeciente luz que entraba por la ventana y arrancada destellos dorados, el fantasma de Saint-Remy desapareció entre sonrisas. Ya nunca más volvería a recorrer los pasillos del hospital.

El estuche de cuero negro

Otro relato corto para el curso de escritores. La tarea esta vez consistía en escribir en segunda persona y la verdad, ha sido un buen entrenamiento. Espero que os guste. ¡Gracias por leer!

Tenías que hacerlo. Siempre fuiste tan libre, tan desatada de toda obligación… ¿Sabes que te envidiaba, no? Recuerdo cuando solía espiarte sin que me vieras, entreabriendo la puerta de tu habitación para intentar ver un poco de aquella vida que deseaba para mí. Me habría encantado poseer tu sonrisa, sí, aquella que usabas para enamorar a todos los chicos del pueblo. Ya sabes cual digo, la que usaste conmigo. Me habría gustado guardarla, que solo me la regalaras a mí. Hasta Carlos se había fijado en ti y eso que, según sus palabras, eras aburrida y superficial. Pero sabía que solo decía eso para esconder lo que realmente sentía, que en realidad a te idolatraba. Todos lo hacíamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo?

No te dejamos de admirar ni cuando te fuiste. Aunque tus palabras de despedida fueron breves, en tu mirada todos sabíamos que para ti era suficiente. Pero todos entendíamos tus razones, no te preocupes. Aquel pequeño pueblo costero era demasiado pequeño para ti, demasiado lejano a la grandeza que te esperaba. Tu sombra llegaba demasiado más allá del mar y los campos y nosotros nos conformábamos en verla de lejos, en intentar imitarla aunque solo fuera un triste reflejo de la realidad. Y tu marcha nos cambió. El pueblo dejó de tener aquella luz resplandeciente que solo tienen los pueblos marítimos, el blanco de las casas dejó de ser de aquel blanco inmaculado. Y sin embargo, no podíamos estar tristes. ¡Estabas tan lejos y a la vez, tan cerca! Pues en nuestros pensamientos, seguías tan viva, tan presente que casi parecía que no te habías ido.

Yo seguí tus pasos. No lo sabías, nunca me atreví a decírtelo, pero necesitaba escapar de aquel pueblo que sabía a ti. En cada esquina podía ver tu nombre, tu sombra. El sonido del oleaje te traía a mi memoria, inevitablemente. Casi podía escuchar el susurro de tu risa entre la marea. Me marché a la gran ciudad, en busca de posibilidades aunque en realidad, te buscaba a ti. Nunca lo acepté, pero intentaba perseguir aquellas pisadas que el tiempo había borrado ya. Pero no tenía ninguna esperanza de alcanzarte, nunca la tuve. Quizá por eso logré sobrevivir a la vida real, lejos de aquel pueblo bucólico donde habíamos crecido y donde todos, hasta yo, parecía que no podíamos olvidarte. Y aunque te busqué por cada calle, aunque escuchaba atento los mensajes del viento, nunca llegaste. Te habías ido, ahí donde no podía alcanzarte.

Y entonces, te encontré. No, por supuesto no fue aquel encuentro en el café, hablo de años atrás. Te encontré en la música. Entre los trastos del traslado, había aquel estuche de cuero negro que, de tanto uso, estaba desgastado. Seguro que te acuerdas de él. Sí, el que tenía el saxo. Aún puedo recordar tu mirada reflejada en el metal dorado del instrumento, tu sonrisa cuando la melodía escapaba de mis pulmones. Cuando te marchaste, enterré aquel instrumento en lo más hondo del sótano y su sonido, unido a tu voz de cantante, en lo más hondo de mi corazón. Si ya no estabas, la música ya no tenía sentido. Sin embargo, en cuanto abrió el estuche, en cuanto acaricié la superficie aún pulida de aquel acompañante, no pude resistirme a cogerlo, a devolverle la vida que una vez le había negado. ¡Ah! Si pudieras escuchar su sonido de nuevo, si pudieras notar como el aire inundó mis pulmones y escapó en forma de música… creo que ninguna de las palabras de mi limitado vocabulario lograrían hacer justicia a aquel momento. Simplemente sentí. Me dejé llevar por las notas que, en forma de recuerdos, escapaban por el saxo y cerré los ojos, dejándome llevar. ¡Si pudieras verme! Hacía tanto que no tocaba y había perdido fluidez, pero la música seguía amándome como el primer día.

A veces me pregunto donde estarás. Me pregunto si estarás recorriendo el mundo con esa ajada mochila en tu espalda, si sigues apareciendo en los diarios locales de otros pueblos que quizá algún día tengan tu nombre. Quizá te convertiste en la estrella del cielo de otro, quizá las comisuras de tus labios hablan de historias que yo nunca llegaré a conocer. Hace tiempo que tu sombra ha desaparecido de mi alcance, pero aún sigo escuchando tu sonrisa en el sonido del saxo. Ese día te encontré. Y ya no he vuelto a perderte.

Musa

Otro relato corto para el curso de escritores. Este, la verdad, me gusta mucho más y creo que realmente transmite un momento de revelación que, aunque cargado de misticismo, sentí en cierto momento en mi interior. ¡Gracias por leer!

Nunca había pasado tanto miedo como el día en que mi musa decidió abandonarme. Hasta entonces habíamos caminado de la mano, siempre con nuestras diferencias y nuestras similitudes, pero sin que ningún rencor nos separara. A ella yo le gustaba, lo podía ver en su mirada, en la sonrisa taimada que a veces me dirigía, casi una sombra del viento. Y yo, por supuesto, la correspondía. La amaba como no había amado a nadie, con aquel amor infantil y juvenil que mezcla la admiración con las sonrisas inconscientes. Desde que tenía memoria, ella había estado conmigo, su aroma envolviéndome con calidez. ¿Cómo no iba a quererla? A su lado, las montañas contenían historias secretas y los ojos escondían miradas que hablaban de mundos que no conocía. A su lado, conocía la magia de las palabras.

Pero una tarde de invierno, se fue. El día era frío y en mi espalda cargaba los libros para la universidad. La mochila pesaba de responsabilidades. Solía quejarme de ellas en la intimidad, quejarme de los exámenes y los trabajos con los que ocupaba casi todo mi tiempo. Me gustaría poder dedicarte todo mi tiempo solía asegurarle. Ella solo me respondía con una sonrisa triste y una mirada que prometía un mañana más luminoso. Y yo la creía, segura de que algún día los exámenes acabarían y los trabajos serían entregados. En realidad, era la rutina la que me inmovilizaba en unos estudios que no lograba adivinar si me gustaban o no. Estudiaba por inercia, la misma inercia que me hacía acudir a clase.

Y en el instante en que salí de la facultad, el frío me azotó y ella me abandonó. Casi pude imaginarla cabalgando en el viento, su melena ondeando cual bandera, su espalda como mayor despedida. Pero simplemente se fue, desapareció y mi mano quedó abandonada a su suerte, vacía de calor. La verdad es que no lo vi llegar. Hasta entonces, no habíamos tenido problema alguno y ella no me había dado pistas. Qué cojones, ¡ni siquiera quiso despedirse! No, se había desvanecido, como el rocío ante la llegada del amanecer.

Recuerdo como me giré, buscándola con la mirada. Quizá se había retrasado para no enfrentarse a las inclemencias del tiempo. Quizá, simplemente quería permanecer en el cálido interior de la universidad unos instantes más. Pero el pasillo estaba tan vacío como la calle. Llegué a alzar la vista, esperanzada quizá de verla elevada en los cielos, esperándome. Pero no estaba en ningún sitio. No me había esperado ni quería que la acompañara. ¿Por qué me había dejado? Aquella pregunta me martilleó con fuerza desde el instante en que apareció, como un eco en una cueva oscura y perdida.

El rojo del cielo se intensificó, casi reflejando el dolor de mi pérdida. Los colores del atardecer se intuían entre las sombras de los edificios de la universidad, monstruos temibles cuyos dientes escondían en la oscuridad. En lo alto de la cúpula celeste, las pinturas rojizas se expandieron hasta mostrar la belleza de la despedida del sol, coloreando lo que antes era azul claro de una tonalidad de colores cálidos que, en otras circunstancias me habrían hecho sonreír. Esa sí era una despedida, habría pensado, con ella cogida de mi mano. Pero ahora que no estaba, todo me parecía más lúgubre, más apagado. El atardecer ya no desprendía su magia y yo ya no volvería a usar la mía. No sin ella.

El miedo me embargó de nuevo, intensificado por las sombras que me rodeaban y que, sentía, querían devorarme. Todo había sido culpa mía, el haber insistido en apagar mi alma para acudir día tras día a aquel infierno, me había ahogado en una rutina cómoda pero insatisfecha sin temor a que eso afectara a nuestra relación. Quizá estaba harta de esperar a que me despertase de aquella soporífera vida. Quizá simplemente, ya no podía permanecer a mi lado. Caminé por las calles con la cabeza agachada, sin querer mirar como la noche envolvía en penumbra el mundo. Ya tenía suficiente penumbra en mi corazón. Mi paso acelerado daba la sensación de que intentaba huir de algo, pero todos los miedos y la desesperación estaban en mi cabeza. Reverberando en mi interior sin dejarme escuchar nada más. Las calles se transformaron en un laberinto sin final, las aceras en el abismo que me engullía antes de sortearlo. La aguja del minutero parecía haberse parado en el mismo instante en que su mano me había dejado, o probablemente avanzaba con tal exasperante lentitud que más me habría valido que estuviera parada. Quizá, si el tiempo se congelase, ella se apiadaría de mi y volvería. Quizá, si podía leer el terror que anidaba en mi corazón desde su ausencia, me acogería de nuevo en su abrazo. Pero eso no pasó y cuando llegué a casa, mis manos temblorosas apenas lograron hacer entrar la llave en su cerradura. Estaba sudando pese al frío día de invierno, pálida como la nieve, sin sangre alguna que recorriera mi rostro. Toda estaba en mi corazón, intentando reparar la herida.

Abandoné la mochila a su suerte al pie de la escalera y me abalancé hacia mi habitación. En un rincón lejano, podía oír el saludo de mi madre, pero no me importó. Necesitaba comprobar que realmente se había ido, pues una parte de mi anhelaba encontrarla en mi habitación. Rezando para que todo hubiera sido una broma pesada por su parte , para que me esperara, con su cándida sonrisa, a los pies de mi cama. Pero no estaba ahí. En mi cuarto podía respirarse una soledad que me ahogaba, que me hacía jadear con dificultad. Haciendo caso omiso a aquellas señales de ansiedad, me senté en el escritorio y saqué de su envoltorio la pluma con la que solía escribir, las prisas alejando la parsimonia con la que seguía aquel ritual. Ella siempre se reía de que fuera tan tradicional, asegurándome que seguiría acompañándome substituyera el papel por el ordenador. Siempre me había negado, el simple tacto de la  pluma bastaba para inspirarme y llenar páginas y páginas en blanco. Aquella vez, pero, fue diferente. Aunque podía notar la suavidad del material en mis manos, casi pujando por posarse sobre la hoja en blanco, a mi mente no acudían las palabras. Ella se las había llevado. La hoja permaneció en blanco, vacía de letras como mi interior.

Carnicero de Margaritas

Este texto lo escribí como tarea para un curso de escritura. No estoy muy orgullosa de él, pero aún así quería compartirlo. ¡Gracias por leer!

Pétalo a pétalo, hoja a hoja, el niño destrozaba con sus pequeñas manos la joven flor, que languidecía ante su futuro próximo y definitivo. El despiadado tirano dictaba sentencia con cada unas de las flores del prado sobre el que se sentaba, sin que ninguna de ellas pudiera escapar a su juicio. Culpable, culpable, culpable iba susurrando, a medida que deshojaba una margarita para atacar otra. En sus manos, todo parecía un juego infantil, casi inocente. A los ojos de las flores, aquella sangrienta masacre parecía no tener fin.

Aquello no era la primera vez que sucedía. Las margaritas habían visto como, día tras día, el niño acudía a su encuentro para mimbar su población y minar su moral. Habían florecido hermosas y radiantes bajo el sol resplandeciente de primavera, pero ahora esperaban, atemorizadas, el destino final a manos del infante. Como las hormigas esperan la llegada del titán, algunas osan arrodillarse ante sus pies como si aquello fuera a darles un instante más de vida. Otras, sin embargo, sucumbían en su orgullo ante las pisadas abismales que las aplastaban sin cargos de consciencia. Una imagen desoladora en un ambiente tan radiante que podría haber parecido una novela de Gabriel García Márquez, pues mientras la sangre vegetal corría por las manos del niño, los árboles y animales que los rodeaban coreaban su nombre.

Pero ¿qué infame crimen habían cometido aquellas flores para perecer bajo tan dolorosas condiciones? Ellas no alcanzaban a comprender el porqué de la aparición de la Parca hasta que el mordisco de su guadaña arrancaba la vida de sus florecientes pétalos. ¿Qué crimen cometen las hormigas ante el paso del humano? ¿Qué culpabilidad puede atribuírsele al rey que manda el ejército a morir ante las murallas de la desolación? Las flores eran solo unas víctimas más de un sistema que injustamente controlaba aquel infante, ajeno al dolor de sus torturadas. Él continuaba su labor con concentrada expresión, cada uno de los pétalos del cadáver cayendo cual plumas a sus pies, un túmulo sobre el que el niño se sentaba y gobernaba. Quizá no era consciente de que en sus manos contenía la inocencia del mundo vegetal, pues esa misma inocencia reinaba sobre su sentido común. Al fin y al cabo, él había crecido en aquel mundo, donde los mayores aplastaban a los pequeños, donde la fuerza imperaba sobre la debilidad. La inocencia de aquel que no conoce su mal, pues lo considera bien. No un lobo vestido de cordero, sino uno que nunca ha sido capaz de comprender que su pelaje no es de lana ni su rostro pálido como la luna.

Bajo sus laboriosas manos regordetas, el campo iba transformándose en un cementerio, los deshojados pétalos de la margarita brillando bajo el sol como motas de sangre blanca en un campo estéril. La lista de víctimas fue acortándose hasta que el último pétalo cayó de entre los dedos del infante. Una expresión asustada se instaló en su rostro, desfigurándolo. Y con la capacidad de actuación de un niño de un año, el llanto arrancó natural en sus pulmones, cortando el silencio de respeto que se había instalado en la naturaleza. Unas manos, más grandes que él, más grandes que los cadáveres que adornaban su jardín de juegos, lo cogieron por las axilas y lo auparon. Lo último que pudo hacer el tirano fue alzar la mano intentando alcanzar sus víctimas, con lágrimas en los ojos. Al fin y al cabo, no podía vivir con ellas, pero tampoco sin ellas. El carnicero de margaritas se había vuelto a quedar en el paro.