Carnicero de Margaritas

Este texto lo escribí como tarea para un curso de escritura. No estoy muy orgullosa de él, pero aún así quería compartirlo. ¡Gracias por leer!

Pétalo a pétalo, hoja a hoja, el niño destrozaba con sus pequeñas manos la joven flor, que languidecía ante su futuro próximo y definitivo. El despiadado tirano dictaba sentencia con cada unas de las flores del prado sobre el que se sentaba, sin que ninguna de ellas pudiera escapar a su juicio. Culpable, culpable, culpable iba susurrando, a medida que deshojaba una margarita para atacar otra. En sus manos, todo parecía un juego infantil, casi inocente. A los ojos de las flores, aquella sangrienta masacre parecía no tener fin.

Aquello no era la primera vez que sucedía. Las margaritas habían visto como, día tras día, el niño acudía a su encuentro para mimbar su población y minar su moral. Habían florecido hermosas y radiantes bajo el sol resplandeciente de primavera, pero ahora esperaban, atemorizadas, el destino final a manos del infante. Como las hormigas esperan la llegada del titán, algunas osan arrodillarse ante sus pies como si aquello fuera a darles un instante más de vida. Otras, sin embargo, sucumbían en su orgullo ante las pisadas abismales que las aplastaban sin cargos de consciencia. Una imagen desoladora en un ambiente tan radiante que podría haber parecido una novela de Gabriel García Márquez, pues mientras la sangre vegetal corría por las manos del niño, los árboles y animales que los rodeaban coreaban su nombre.

Pero ¿qué infame crimen habían cometido aquellas flores para perecer bajo tan dolorosas condiciones? Ellas no alcanzaban a comprender el porqué de la aparición de la Parca hasta que el mordisco de su guadaña arrancaba la vida de sus florecientes pétalos. ¿Qué crimen cometen las hormigas ante el paso del humano? ¿Qué culpabilidad puede atribuírsele al rey que manda el ejército a morir ante las murallas de la desolación? Las flores eran solo unas víctimas más de un sistema que injustamente controlaba aquel infante, ajeno al dolor de sus torturadas. Él continuaba su labor con concentrada expresión, cada uno de los pétalos del cadáver cayendo cual plumas a sus pies, un túmulo sobre el que el niño se sentaba y gobernaba. Quizá no era consciente de que en sus manos contenía la inocencia del mundo vegetal, pues esa misma inocencia reinaba sobre su sentido común. Al fin y al cabo, él había crecido en aquel mundo, donde los mayores aplastaban a los pequeños, donde la fuerza imperaba sobre la debilidad. La inocencia de aquel que no conoce su mal, pues lo considera bien. No un lobo vestido de cordero, sino uno que nunca ha sido capaz de comprender que su pelaje no es de lana ni su rostro pálido como la luna.

Bajo sus laboriosas manos regordetas, el campo iba transformándose en un cementerio, los deshojados pétalos de la margarita brillando bajo el sol como motas de sangre blanca en un campo estéril. La lista de víctimas fue acortándose hasta que el último pétalo cayó de entre los dedos del infante. Una expresión asustada se instaló en su rostro, desfigurándolo. Y con la capacidad de actuación de un niño de un año, el llanto arrancó natural en sus pulmones, cortando el silencio de respeto que se había instalado en la naturaleza. Unas manos, más grandes que él, más grandes que los cadáveres que adornaban su jardín de juegos, lo cogieron por las axilas y lo auparon. Lo último que pudo hacer el tirano fue alzar la mano intentando alcanzar sus víctimas, con lágrimas en los ojos. Al fin y al cabo, no podía vivir con ellas, pero tampoco sin ellas. El carnicero de margaritas se había vuelto a quedar en el paro.

A través del cristal

Desde que había descubierto que estaba vacío por dentro de todo tipo de sentimiento, Caleb había seguido una rutina estricta que le impedía pensar en nada que no fuera ese horario. Se levantaba cada día a la misma hora, se duchaba y vestía automáticamente, tomaba un desayuno ligero y se dirigía al hotel donde trabajaba todas las horas posibles. Un trabajo automático pero que le dejaba espacio para abandonarse a la meticulosidad de la limpieza. Igual de limpio que su cuerpo y su piso, se encargaba cada día de limpiar las cristaleras de los veintiocho pisos del hotel. No había pasión en un trabajo como aquel, siquiera motivación, pero Caleb tampoco lo había decidido por sí mismo, sino que este le había sido impuesto por el tiempo y el destino. Y en cuando había querido darse cuenta, todos sus sueños de juventud se habían desvanecido en el opaco humo de los recuerdos. Se había quedado vacío sin darse cuenta, sus ilusiones y esperanzas goteando por un grieta de la que no era consciente, pero que le había dejado cicatriz. Hacía años ya que había comprendido que era solo una sombra, alguien que dependía de la luz de los demás para ser siquiera tangible. Un suspiro en la oscuridad.

En lo alto del piso veinte, era incapaz de escuchar sus pensamientos. Incapaz de escuchar el ruido de la ciudad que lo rodeaba o de sentir la opresión de la muchedumbre. En las alturas, solo oía el viento silbar a su alrededor, el frío acogedor. Como si una pared lo separara de los demás. Sin embargo, aquel día Caleb no era él mismo. Una vez al mes, aquel muro que lo separaba de los demás se desvanecía y se convertía en el cristal que limpiaba con tanto ahínco. Hacía ya dos años que, sin saber cómo ni por qué, algo había cambiado en su interior. La culpable se hallaba de nuevo en el interior de la habitación, sus labios moviéndose en palabras que él no alcanzaba a oír, siendo testigo mudo de su ensayo rutinario. Suspiró, entelando el cristal, y lo limpió con el trapo mientras inevitablemente sus ojos se desviaban hacia ella. Esa primera vez Caleb no pudo apartar su mirada de aquel perfil concentrado y dos años más tarde aquella fascinación seguía tan intensa como entonces.

A partir de aquel día, todos los primeros martes de cada mes, ella llegaba y ensayaba un discurso que él no había llegado a oír nunca. Cada martes, él limpiaba la ventana de su habitación, a sabiendas de que aquel delgado cristal era un alto muro de barrotes infranqueables que los separaba. Dos mundos contenidos en una sola escena, separados por un cristal que él no sabía traspasar. Pues ella, en toda su belleza y elegancia, iluminaba cada rincón, sin dejar lugar para la sombra. Sin dejar lugar para él.

Caleb desdibujó su sonrisa triste debajo de una expresión concentrada y se dispuso a acabar de limpiar. Cada primer martes de mes se concedía unos minutos para contemplar aquella figura que estaba tan cerca y a la vez parecía tan lejana, cinco minutos en los que olvidaba quien era él y que hacía allí, en las alturas, para imaginarse una vida diferente a su lado. Todo pura imaginación, sin un toque de realidad que le anclara los pies al suelo como normalmente hacía. La sombra que se permitía soñar una vez al mes. Pasó el trapo húmedo por la ventana una vez más, intentando así que este limpiara la suciedad del cristal y de sus pensamientos, cuando algo cambió. Al otro lado del cristal, la mujer desconocida que iluminaba su mundo y sus sueños había abierto la cortina, dejando pasar la luz… y uniendo sus dos mundos.

Por un instante, Caleb no supo cómo reaccionar. Después de dos años en que bebía de su imagen distante, ahora esos ojos lo miraban directamente, sondeándolo con una curiosidad inherente en ellos.  ¿Qué debía hacer? Notó como la incomodidad nacía de su bajo vientre y se extendía por todo el cuerpo. Un sentimiento de impotencia que lo atenazaba, que le impedía romper aquel cristal y traspasarlo. ¿Por qué debía hacerlo? Él, al fin y al cabo, solo era una sombra y acabaría desvaneciéndose de aquel mundo igual que como había llegado, sin dejar huella alguna. Solo un recuerdo vago en un día de niebla. Solo una carcasa vacía que yacería en una mesa de metal fría, pues quizá su alma hacía años que había pasado al otro lado del abismo. Pero si era así ¿por qué en aquel momento, un sentimiento de placer competía con la impotencia, colándose por los resquicios de su muralla? Durante años, se había protegido a sí mismo del dolor vaciando su interior de cualquier sentimiento. Pero cuando ella posó su mirada en él, cuando mostró una sonrisa tímida, cuando su mano se alzó hasta rozar el muro de vidrio, algo en su pecho latió con fuerza. Como el sonido de un tambor que avecina un nuevo acontecimiento.

Entonces lo comprendió. Él era una sombra, sí, pero… ¿Acaso había luz sin sombra? ¿Acaso era su existencia inútil? Vacilando, alzó su mano hasta el reflejo de ella, como si realmente pudiera traspasar la ventana y entrar. Durante dos años, había estado contemplando desde la penumbra de su existencia aquella mujer, contemplando sus gestos, sus sonrisas distraídas y sus miradas preocupadas. Ahora todo eso parecía estar enfocado en él. En aquel instante, ella reconocía su existencia. En aquel instante, supo que daba igual que estuviera vacío, que hubiera sido solo una presencia desvanecida en el mundo. Por qué en el mismo instante en que ella lo había mirado y habían juntado sus manos a través de ese muro que siempre había creído infranqueable, ella había llenado su interior. Su sonrisa lo llenaba de esperanzas e ilusiones de nuevo. Su mano traspasaba, a través del cristal, y le transmitía un calor que, por mucho tiempo que pasara, Caleb no olvidaría.

La soledad del asfalto

El cigarrillo iba consumiéndose a medida que el humo escapaba por la ventanilla. James, absorto en contemplar la carretera, no se daba cuenta de que la ceniza iba apropiándose del tabaco olvidado en su mano. Solo cuando la brasa rozó sus dedos, dejó escapar una maldición y lanzó instintivamente el cigarro por la ventana. Su mirada se perdió un instante en el horizonte, por donde se había perdido la colilla, antes de volverla a fijar en la carretera, con otra maldición asomándose entre sus labios.

James se había acostumbrado a llenar el silencio con palabras malsonantes. Su falta de respeto hacia el mundo entero habían contribuido a ello y ahora, aunque quisiera hacer el esfuerzo de contenerse, le habría costado borrar aquella costumbre. Al fin y al cabo, sus insultos llenaban aquel sonido hueco que parecía extenderse por sobre la superficie de la tierra como una lava invisible e imparable que abrasaba todo a su paso. Una lava que se había llevado toda vida existente y que lo había dejado a él vivo. Una alma en un mundo ahora desconocido, un lugar al que nunca había pertenecido. Si James no fuera tan escéptico, habría creído que aquella era la maldición que Dios le enviaba después de que él se hubiera pasado treinta y dos años despotricando sobre su persona. Pero James conocía bien el por qué de su soledad, pues lo había vivido con sus propios ojos.

Ya habían pasado dos años desde la muerte del mundo civilizado. Aquella noche de febrero había agradecido estar tan lejos del frío norteño que cubría los estados fronterizos con Canadá, pues su huída sin apenas ropa o comida habría sido muy diferente de haberse encontrado, además, en una tormenta de nieve. ¿Por qué había huido de una muerte que parecía inevitable? Seguramente, ese instinto de supervivencia que lo había llevado hasta esa carretera abandonada lo había guiado lejos de la maldición que asomaba por cada rincón del planeta. De aquella noche solo recordaba coger su camioneta y despedirse de su antigua vida sin mirar atrás, sin contemplar como la luna acariciaba con su brillo plateado las paredes en las que había vivido durante años. Nada de eso le había importado en aquel momento, solo había un pensamiento en su cabeza: huir. Y lo había logrado, de alguna forma.

Con un suspiro de resignación, cogió otro cigarrillo. Solo le quedaban tres y acababa de malgastar uno estúpidamente. Se lo puso en la comisura de los labios antes de tantear, sin desviar la mirada de la carretera, el mechero que, como el tabaco, estaba desperdigado por el asiento del copiloto. Conducir por esa zona era muy fácil. Las carreteras del sur de Estados Unidos solían ser líneas rectas interminables, quilómetros de asfalto, ahora vacíos. Igual de muertos que los árboles que antaño habían proyectado su sombra a la carretera. James contempló los arrugados y ennegrecidos troncos que desfilaban al lado de la carretera, pobres sombras de la vegetación del pasado, mientras una llama leve encendía la punta del cigarro. Una calada honda logró revivirlo como si hubiera tomado elixir de vida y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios al dejar escapar el humo.

¿Por qué, de entre todos los seres vivos, había tenido que sobrevivir él? James no era tan tonto como para creerse el único humano vivo del planeta, pero sí sabía a ciencia cierta que debía ser de los pocos que quedaban. Al igual que toda su vida anterior al cataclismo, lo que había determinado su supervivencia era una mezcla de azar y astucia. Azar, por encontrarse en la ciudad más poblada y menos verde de Estados Unidos. Astucia, por acoger eso a su favor. Aunque no había sido el único que se había escondido en bunkers de hierro y hormigón, había conseguido sobrevivir aquellos dos años sin vegetación ni animales de los que alimentarse, robando comida de los supermercados y aprovechando la gasolina abandonada a su suerte en los estacionamientos.

Una bocanada de humo escapó de entre sus labios y se estrelló contra el parabrisas antes de perderse en el amparo del atardecer. El cielo se teñía cada vez más de rojo ante sus ojos, mientras el coche avanzaba. ¿Dirección? Hacía años que James había dejado de intentar dirigirse a algún sitio. Lo único que quería era poner quilómetros entre él y aquella ciudad horrible. De nuevo, y sin darse cuenta, el hombre se sumergió en sus pensamientos, olvidándose de aquel cigarrillo que tanto le había costado conservar. Las preguntas que asolaban una y otra vez su mente parecían martillearlo ahora con más intensidad que nunca, como si estas intuyeran que se acercaba a una zona donde encontraría respuestas.

– Ostia puta, ¿qué me pasa hoy? – Murmuró con voz enfadada, pues se había vuelto a quemar los dedos.

Malhumorado, lanzó la otra colilla al asfalto y se pinzó el puente de la nariz, cerrando un instante los ojos. Algo había en aquel día que era diferente al resto. Como si la luz anaranjada del cielo le estuviera mandando señales que él no sabía leer. ¿Estaba cegado por sus propias convicciones? ¿Qué era aquel malestar que lo asolaba desde que había arrancado el coche? Negó con la cabeza, arrancando aquellas ideas infundadas de esta. Aunque nunca había sido bueno en ciencias – siquiera había acabado la educación secundaria – tenía una mente analítica que tenía la mala costumbre del escepticismo. No era una persona que se dejara llevar por presentimientos o ideas preconcebidas. No, hasta que no contemplaba con sus propios ojos la realidad, no se la creía.

Sin embargo, aquella noche había actuado inducido por su instinto y no por su lógica. Había arrancado el coche sin saber bien a que se enfrentaba, había contemplado como, a lo lejos, centenares de pájaros caían del cielo como lágrimas negras y como las personas que contemplaban aquel espectáculo caían con ellos. Ninguno había podido ver la nube, nadie había sido capaz de contemplar la amenaza hasta que la guadaña de la Parca había rodeado su gaznate. Después, James había descubierto que había sido la tecnología, la misma que había condenado al humano y al planeta a su extinción, la que lo había salvado. Desde entonces, había avanzado por el páramo de la desolación sin más compañía que sí mismo.

Al principio, aquello no le había molestado. Desde pequeño había buscado la soledad en la sociedad, había buscado la distancia antes que la amistad. Su frialdad lo mantenía cuerdo, alejado, distante. El aislamiento voluntario de un niño que había crecido independiente del resto. ¿Cómo iba a ser aquello diferente? Quizá por eso había logrado sobrevivir tanto tiempo, pues no dependía de nadie y nadie dependía de él. Estaba solo, enfrentándose al mundo como antes de la destrucción total.

Con lentitud, casi como si lo avisara, el coche fue frenando. El ruido del motor resonaba por todo el erial sin ningún otro sonido que lo opacara. Poco a poco, las ruedas fueron parándose y al final, frenaron del todo. El motor calló con un suspiro de alivio y el silencio se apoderó de nuevo de la escena. Era un silencio antinatural, un silencio espeso, denso, absorbente. No había más silencios que lo acompañaran, no había la melodía del grillo ni el cantar del pájaro. Siquiera el susurrar del viento parecía querer acudir a aquella llamada de auxilio muda. No, solo quedaban él, la soledad y el silencio. Y aquel último cigarrillo que, como él, esperaba en el paquete para consumirse. James sonrió con ironía, contemplando la carretera que se unía con el horizonte, sin ningún coche que se interpusiera en aquel paisaje. Casi como si en aquel mundo nuevo no existiera nada más de metal excepto del recién fallecido vehículo de James. Sin desdibujar la sonrisa, enterró su rostro entre sus brazos, apoyados en el volante, y cerró los ojos durante unos minutos. No quería pensar en nada, pese a que aquellas preguntas que lo martilleaban se habían multiplicado. ¿Qué debía hacer? ¿Caminar hasta la extenuación? ¿Avanzar hasta que su cuerpo se uniera a la masacre del cataclismo? Por supuesto, en algún momento su cuerpo fallecería como cualquier humano. Pero de alguna forma, sabía que no estaba preparado. No ahora, no en aquel momento.

Sintiendo como la rabia invadía su interior, empezó a golpear el volante con fuerza, lanzando improperios con la misma fortaleza y velocidad que sus puños. Sus palabras apenas eran inteligibles, ahogadas por la ira. En sus orbes color castaño, miles de sentimientos que durante dos años había almacenado en su interior, ignorándolos a la espera de que estos explotaran o abandonaran su interior. Sentimientos de ira, de desesperación, de injusticia. Sentimientos de impotencia y pesimismo. Sus golpes se hicieron menos fuertes, menos constantes y poco a poco, pararon. Como si quisieran imitar el coche que lo había dejado tirado. Unas lágrimas traicioneras amenazaban con escapar de su mirada, pero James parpadeó, conteniéndolas. Nadie podía contemplarlas, pero aún así sentía que dejarlas escapar era como dejar escapar la última esperanza que pudiera haber tenido.

Con dificultad, pues se sentía demasiado cansado, abrió la puerta y se tumbó en el asfalto templado. Alzó la mirada para contemplar aquel cielo que iba oscureciéndose, perdiendo la luz, de la misma forma que James perdía la esperanza. Con las manos extendidas, como si quisiera abrazar el suelo, y los pies mirando hacia arriba, parecía ya un cadáver.

– Qué irónico. – Pensó James, volviendo a dibujar aquella sonrisa llena de sombras característica suya. – Esperaré a la muerte pareciendo ya un cadáver. ¿Podría así esquivarla?

Sin embargo, sabía bien la respuesta a aquello. No había tretas cuando se enfrentaba al fin. Contempló el paquete de cigarros que había caído con él al suelo, al alcance de su mano. Llamándolo. Recordándole que, ante su próximo destino, ya no tenía sentido racionar nada más que la desilusión. Alargó la mano y alcanzó el cigarrillo restante, llevándoselo a la boca mientras lo encendía. Esta vez, la bocanada no fue tan desesperada, pero sí cargada de placer. Si aquel iba a ser su último cigarro, lo disfrutaría hasta la última calada.

James había estado solo toda su vida y aún así, en aquel instante podía notar como aquella soledad lo penetraba como un cuchillo, su filo arañándole la piel, arrancándole las entrañas. Apuñalando su alma. Esta vez una lágrima traicionera escapó de su control y rodó por su mejilla, hasta caer al seco asfalto. Una lágrima igual de abandonada que él.

Y aunque sabía que era inevitable, que cada segundo que escapaba de su control era un segundo menos hacia su muerte, James se negaba a abandonarse a la desesperación. Quizá fuera por cada una de las caladas de placer del cigarro, quizá porque la ceguera de los sueños rotos era de aquel blanco puro que lo instaba a continuar. Quizá simplemente por qué su alma se aferraba con uñas y dientes a aquel planeta desolado y destrozado. A aquel páramo yermo e infértil. Su mirada se posó en él, buscando una salida a aquella situación.

Y entonces, comprendió que no podía seguir huyendo. Que después de dos años escapando de la muerte, esta al fin había logrado rodearlo y barrarle todas las salidas. Al fin, caía ante la Parca, indefenso. Y sobre todo solo. Se encontró pensando que, por un instante, habría deseado estar al lado de alguien. Deseado cambiar todo aquel pasado que había marcado la frialdad de su corazón. Habría deseado escapar del orfanato, empezar una vida lejos de los recuerdos de la anterior y quizá así, desvendarse la mordaza del dolor pasado para contemplar una nueva vida. Ahora que esta se le escapaba de las manos, era consciente de todos sus errores.

Y entonces, sonrió. James había creado su propia vida. Plagada de errores, sí, pero la había construido él. Había sido su decisión la que lo había mantenido apartado de toda relación y ahora, en la soledad de la carretera, ya no se sentía tan solo.

Cerró los ojos y el silencio lo invadió, solo cortado por su leve y casi muda respiración. En el cielo, los colores se desvanecían para dar paso a un negro salpicado de estrellas, pero James no lo vio. Debajo de sus párpados, la oscuridad era total y de alguna forma, se sentía cómodo entre aquellas tinieblas. Alzó la mano, sin abrir los orbes castaños a la luna, y la cerró con un puño. Desafiante. Lejos, un retumbar suave, casi imperceptible, empezó a  asomar entre las esquinas de la abrumadora quietud. James sabía que significaba aquel sonido. Era el sonido de lo inevitable. Con una sonrisa irónica, lo esperó. Ya no temía a la soledad, ni al silencio. Ya no temía a la muerte, al fin y al cabo, ella era su vieja amiga. Su única y última amiga.

Pasos a un nuevo camino

Hacía tiempo que quería comenzar este proyecto: el de abrir un blog donde poder compartir escritos y relatos que vaya haciendo. De alguna forma, espero que eso me ayude y motive para escribir más. En un futuro, me gustaría participar en concursos, así que cualquier comentario, crítica (constructiva) o palabra me ayudará, aunque estas vengan de las sombras más negras.

Y sin más preámbulos, bienvenidos a este rincón literario. Que mis personajes hablen por mi, pues su voz es más fuerte y bonita que la mía.