El reto nanowrimo

Hacía muchísimo que no me pasaba por aquí. La verdad es que desde que acabé el curso de escritura, no me he sentado a escribir tranquilamente, pese a que las ideas han seguido fluyendo como siempre. Quería empezar un proyecto más grande, uno que no fuera a ocupar solo unas pocas páginas, sino que me llevara días, meses, semanas acabar y que me enfrascara durante un tiempo. Quería profundizar con los personajes, crear una historia que pudiera interesar a los lectores y sobretodo una que a mi me gustara escribir y contar.

Ideas no han faltado. Estos meses, de hecho, han sobrado tanto que he tenido que hacer una selección de las ideas que quería tener en cuenta y las ideas que prefería ignorar. Están todas apuntadas, no os preocupéis, pero escoger una de entre tantas no ha sido tarea fácil y sigo sin estar segura de que sea la elección correcta. Al menos no me siento como si abandonara futuros proyectos, solo como si los apartara, un standby que, quien sabe, quizá algún día recupere. Pero una vez elegida la idea, faltaba la fuerza de voluntad y esa rutina que se resistía entre los dedos.

Tengo que admitirlo. No me he separado de la literatura (al contrario, he estado más cerca de ella que nunca), pero con el blog de reseñas que abrí a finales de mayo y con todos los libros que he leído y los que quiero leer, apenas me ha quedado tiempo para formar una rutina, para ponerme a escribir más de unas cuantas páginas.

Pero se acerca noviembre. Algunos de los autores noveles sabréis que significa eso, porque noviembre trae consigo el reto de nanowrimo. Y después de varios años poniéndome excusas, al fin voy a participar. La historia os la contaré más a fondo cuando la tenga mejor definida, pero si queréis seguirme y apuntaros, será un placer compartir la experiencia. Pero ¿por qué unirse al nanowrimo? Muchos escritores necesitan tiempo y concentración para escribir una novela. Yo, por otro lado, dudo que con 50000 palabras acabe lo que tengo previsto escribir, pero nanowrimo significa trabajar bajo presión y si algo me han enseñado los horribles exámenes de la universidad es que trabajar bajo presión se me da bien. Y que queréis que os diga, es la excusa perfecta para volver a escribir. Así que nada, voy a intentar este reto. ¿Os apuntáis?

Aquí está mi perfil: http://nanowrimo.org/participants/isa-j-gonzalez/novels

Musa

Otro relato corto para el curso de escritores. Este, la verdad, me gusta mucho más y creo que realmente transmite un momento de revelación que, aunque cargado de misticismo, sentí en cierto momento en mi interior. ¡Gracias por leer!

Nunca había pasado tanto miedo como el día en que mi musa decidió abandonarme. Hasta entonces habíamos caminado de la mano, siempre con nuestras diferencias y nuestras similitudes, pero sin que ningún rencor nos separara. A ella yo le gustaba, lo podía ver en su mirada, en la sonrisa taimada que a veces me dirigía, casi una sombra del viento. Y yo, por supuesto, la correspondía. La amaba como no había amado a nadie, con aquel amor infantil y juvenil que mezcla la admiración con las sonrisas inconscientes. Desde que tenía memoria, ella había estado conmigo, su aroma envolviéndome con calidez. ¿Cómo no iba a quererla? A su lado, las montañas contenían historias secretas y los ojos escondían miradas que hablaban de mundos que no conocía. A su lado, conocía la magia de las palabras.

Pero una tarde de invierno, se fue. El día era frío y en mi espalda cargaba los libros para la universidad. La mochila pesaba de responsabilidades. Solía quejarme de ellas en la intimidad, quejarme de los exámenes y los trabajos con los que ocupaba casi todo mi tiempo. Me gustaría poder dedicarte todo mi tiempo solía asegurarle. Ella solo me respondía con una sonrisa triste y una mirada que prometía un mañana más luminoso. Y yo la creía, segura de que algún día los exámenes acabarían y los trabajos serían entregados. En realidad, era la rutina la que me inmovilizaba en unos estudios que no lograba adivinar si me gustaban o no. Estudiaba por inercia, la misma inercia que me hacía acudir a clase.

Y en el instante en que salí de la facultad, el frío me azotó y ella me abandonó. Casi pude imaginarla cabalgando en el viento, su melena ondeando cual bandera, su espalda como mayor despedida. Pero simplemente se fue, desapareció y mi mano quedó abandonada a su suerte, vacía de calor. La verdad es que no lo vi llegar. Hasta entonces, no habíamos tenido problema alguno y ella no me había dado pistas. Qué cojones, ¡ni siquiera quiso despedirse! No, se había desvanecido, como el rocío ante la llegada del amanecer.

Recuerdo como me giré, buscándola con la mirada. Quizá se había retrasado para no enfrentarse a las inclemencias del tiempo. Quizá, simplemente quería permanecer en el cálido interior de la universidad unos instantes más. Pero el pasillo estaba tan vacío como la calle. Llegué a alzar la vista, esperanzada quizá de verla elevada en los cielos, esperándome. Pero no estaba en ningún sitio. No me había esperado ni quería que la acompañara. ¿Por qué me había dejado? Aquella pregunta me martilleó con fuerza desde el instante en que apareció, como un eco en una cueva oscura y perdida.

El rojo del cielo se intensificó, casi reflejando el dolor de mi pérdida. Los colores del atardecer se intuían entre las sombras de los edificios de la universidad, monstruos temibles cuyos dientes escondían en la oscuridad. En lo alto de la cúpula celeste, las pinturas rojizas se expandieron hasta mostrar la belleza de la despedida del sol, coloreando lo que antes era azul claro de una tonalidad de colores cálidos que, en otras circunstancias me habrían hecho sonreír. Esa sí era una despedida, habría pensado, con ella cogida de mi mano. Pero ahora que no estaba, todo me parecía más lúgubre, más apagado. El atardecer ya no desprendía su magia y yo ya no volvería a usar la mía. No sin ella.

El miedo me embargó de nuevo, intensificado por las sombras que me rodeaban y que, sentía, querían devorarme. Todo había sido culpa mía, el haber insistido en apagar mi alma para acudir día tras día a aquel infierno, me había ahogado en una rutina cómoda pero insatisfecha sin temor a que eso afectara a nuestra relación. Quizá estaba harta de esperar a que me despertase de aquella soporífera vida. Quizá simplemente, ya no podía permanecer a mi lado. Caminé por las calles con la cabeza agachada, sin querer mirar como la noche envolvía en penumbra el mundo. Ya tenía suficiente penumbra en mi corazón. Mi paso acelerado daba la sensación de que intentaba huir de algo, pero todos los miedos y la desesperación estaban en mi cabeza. Reverberando en mi interior sin dejarme escuchar nada más. Las calles se transformaron en un laberinto sin final, las aceras en el abismo que me engullía antes de sortearlo. La aguja del minutero parecía haberse parado en el mismo instante en que su mano me había dejado, o probablemente avanzaba con tal exasperante lentitud que más me habría valido que estuviera parada. Quizá, si el tiempo se congelase, ella se apiadaría de mi y volvería. Quizá, si podía leer el terror que anidaba en mi corazón desde su ausencia, me acogería de nuevo en su abrazo. Pero eso no pasó y cuando llegué a casa, mis manos temblorosas apenas lograron hacer entrar la llave en su cerradura. Estaba sudando pese al frío día de invierno, pálida como la nieve, sin sangre alguna que recorriera mi rostro. Toda estaba en mi corazón, intentando reparar la herida.

Abandoné la mochila a su suerte al pie de la escalera y me abalancé hacia mi habitación. En un rincón lejano, podía oír el saludo de mi madre, pero no me importó. Necesitaba comprobar que realmente se había ido, pues una parte de mi anhelaba encontrarla en mi habitación. Rezando para que todo hubiera sido una broma pesada por su parte , para que me esperara, con su cándida sonrisa, a los pies de mi cama. Pero no estaba ahí. En mi cuarto podía respirarse una soledad que me ahogaba, que me hacía jadear con dificultad. Haciendo caso omiso a aquellas señales de ansiedad, me senté en el escritorio y saqué de su envoltorio la pluma con la que solía escribir, las prisas alejando la parsimonia con la que seguía aquel ritual. Ella siempre se reía de que fuera tan tradicional, asegurándome que seguiría acompañándome substituyera el papel por el ordenador. Siempre me había negado, el simple tacto de la  pluma bastaba para inspirarme y llenar páginas y páginas en blanco. Aquella vez, pero, fue diferente. Aunque podía notar la suavidad del material en mis manos, casi pujando por posarse sobre la hoja en blanco, a mi mente no acudían las palabras. Ella se las había llevado. La hoja permaneció en blanco, vacía de letras como mi interior.