El estuche de cuero negro

Otro relato corto para el curso de escritores. La tarea esta vez consistía en escribir en segunda persona y la verdad, ha sido un buen entrenamiento. Espero que os guste. ¡Gracias por leer!

Tenías que hacerlo. Siempre fuiste tan libre, tan desatada de toda obligación… ¿Sabes que te envidiaba, no? Recuerdo cuando solía espiarte sin que me vieras, entreabriendo la puerta de tu habitación para intentar ver un poco de aquella vida que deseaba para mí. Me habría encantado poseer tu sonrisa, sí, aquella que usabas para enamorar a todos los chicos del pueblo. Ya sabes cual digo, la que usaste conmigo. Me habría gustado guardarla, que solo me la regalaras a mí. Hasta Carlos se había fijado en ti y eso que, según sus palabras, eras aburrida y superficial. Pero sabía que solo decía eso para esconder lo que realmente sentía, que en realidad a te idolatraba. Todos lo hacíamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo?

No te dejamos de admirar ni cuando te fuiste. Aunque tus palabras de despedida fueron breves, en tu mirada todos sabíamos que para ti era suficiente. Pero todos entendíamos tus razones, no te preocupes. Aquel pequeño pueblo costero era demasiado pequeño para ti, demasiado lejano a la grandeza que te esperaba. Tu sombra llegaba demasiado más allá del mar y los campos y nosotros nos conformábamos en verla de lejos, en intentar imitarla aunque solo fuera un triste reflejo de la realidad. Y tu marcha nos cambió. El pueblo dejó de tener aquella luz resplandeciente que solo tienen los pueblos marítimos, el blanco de las casas dejó de ser de aquel blanco inmaculado. Y sin embargo, no podíamos estar tristes. ¡Estabas tan lejos y a la vez, tan cerca! Pues en nuestros pensamientos, seguías tan viva, tan presente que casi parecía que no te habías ido.

Yo seguí tus pasos. No lo sabías, nunca me atreví a decírtelo, pero necesitaba escapar de aquel pueblo que sabía a ti. En cada esquina podía ver tu nombre, tu sombra. El sonido del oleaje te traía a mi memoria, inevitablemente. Casi podía escuchar el susurro de tu risa entre la marea. Me marché a la gran ciudad, en busca de posibilidades aunque en realidad, te buscaba a ti. Nunca lo acepté, pero intentaba perseguir aquellas pisadas que el tiempo había borrado ya. Pero no tenía ninguna esperanza de alcanzarte, nunca la tuve. Quizá por eso logré sobrevivir a la vida real, lejos de aquel pueblo bucólico donde habíamos crecido y donde todos, hasta yo, parecía que no podíamos olvidarte. Y aunque te busqué por cada calle, aunque escuchaba atento los mensajes del viento, nunca llegaste. Te habías ido, ahí donde no podía alcanzarte.

Y entonces, te encontré. No, por supuesto no fue aquel encuentro en el café, hablo de años atrás. Te encontré en la música. Entre los trastos del traslado, había aquel estuche de cuero negro que, de tanto uso, estaba desgastado. Seguro que te acuerdas de él. Sí, el que tenía el saxo. Aún puedo recordar tu mirada reflejada en el metal dorado del instrumento, tu sonrisa cuando la melodía escapaba de mis pulmones. Cuando te marchaste, enterré aquel instrumento en lo más hondo del sótano y su sonido, unido a tu voz de cantante, en lo más hondo de mi corazón. Si ya no estabas, la música ya no tenía sentido. Sin embargo, en cuanto abrió el estuche, en cuanto acaricié la superficie aún pulida de aquel acompañante, no pude resistirme a cogerlo, a devolverle la vida que una vez le había negado. ¡Ah! Si pudieras escuchar su sonido de nuevo, si pudieras notar como el aire inundó mis pulmones y escapó en forma de música… creo que ninguna de las palabras de mi limitado vocabulario lograrían hacer justicia a aquel momento. Simplemente sentí. Me dejé llevar por las notas que, en forma de recuerdos, escapaban por el saxo y cerré los ojos, dejándome llevar. ¡Si pudieras verme! Hacía tanto que no tocaba y había perdido fluidez, pero la música seguía amándome como el primer día.

A veces me pregunto donde estarás. Me pregunto si estarás recorriendo el mundo con esa ajada mochila en tu espalda, si sigues apareciendo en los diarios locales de otros pueblos que quizá algún día tengan tu nombre. Quizá te convertiste en la estrella del cielo de otro, quizá las comisuras de tus labios hablan de historias que yo nunca llegaré a conocer. Hace tiempo que tu sombra ha desaparecido de mi alcance, pero aún sigo escuchando tu sonrisa en el sonido del saxo. Ese día te encontré. Y ya no he vuelto a perderte.

A través del cristal

Desde que había descubierto que estaba vacío por dentro de todo tipo de sentimiento, Caleb había seguido una rutina estricta que le impedía pensar en nada que no fuera ese horario. Se levantaba cada día a la misma hora, se duchaba y vestía automáticamente, tomaba un desayuno ligero y se dirigía al hotel donde trabajaba todas las horas posibles. Un trabajo automático pero que le dejaba espacio para abandonarse a la meticulosidad de la limpieza. Igual de limpio que su cuerpo y su piso, se encargaba cada día de limpiar las cristaleras de los veintiocho pisos del hotel. No había pasión en un trabajo como aquel, siquiera motivación, pero Caleb tampoco lo había decidido por sí mismo, sino que este le había sido impuesto por el tiempo y el destino. Y en cuando había querido darse cuenta, todos sus sueños de juventud se habían desvanecido en el opaco humo de los recuerdos. Se había quedado vacío sin darse cuenta, sus ilusiones y esperanzas goteando por un grieta de la que no era consciente, pero que le había dejado cicatriz. Hacía años ya que había comprendido que era solo una sombra, alguien que dependía de la luz de los demás para ser siquiera tangible. Un suspiro en la oscuridad.

En lo alto del piso veinte, era incapaz de escuchar sus pensamientos. Incapaz de escuchar el ruido de la ciudad que lo rodeaba o de sentir la opresión de la muchedumbre. En las alturas, solo oía el viento silbar a su alrededor, el frío acogedor. Como si una pared lo separara de los demás. Sin embargo, aquel día Caleb no era él mismo. Una vez al mes, aquel muro que lo separaba de los demás se desvanecía y se convertía en el cristal que limpiaba con tanto ahínco. Hacía ya dos años que, sin saber cómo ni por qué, algo había cambiado en su interior. La culpable se hallaba de nuevo en el interior de la habitación, sus labios moviéndose en palabras que él no alcanzaba a oír, siendo testigo mudo de su ensayo rutinario. Suspiró, entelando el cristal, y lo limpió con el trapo mientras inevitablemente sus ojos se desviaban hacia ella. Esa primera vez Caleb no pudo apartar su mirada de aquel perfil concentrado y dos años más tarde aquella fascinación seguía tan intensa como entonces.

A partir de aquel día, todos los primeros martes de cada mes, ella llegaba y ensayaba un discurso que él no había llegado a oír nunca. Cada martes, él limpiaba la ventana de su habitación, a sabiendas de que aquel delgado cristal era un alto muro de barrotes infranqueables que los separaba. Dos mundos contenidos en una sola escena, separados por un cristal que él no sabía traspasar. Pues ella, en toda su belleza y elegancia, iluminaba cada rincón, sin dejar lugar para la sombra. Sin dejar lugar para él.

Caleb desdibujó su sonrisa triste debajo de una expresión concentrada y se dispuso a acabar de limpiar. Cada primer martes de mes se concedía unos minutos para contemplar aquella figura que estaba tan cerca y a la vez parecía tan lejana, cinco minutos en los que olvidaba quien era él y que hacía allí, en las alturas, para imaginarse una vida diferente a su lado. Todo pura imaginación, sin un toque de realidad que le anclara los pies al suelo como normalmente hacía. La sombra que se permitía soñar una vez al mes. Pasó el trapo húmedo por la ventana una vez más, intentando así que este limpiara la suciedad del cristal y de sus pensamientos, cuando algo cambió. Al otro lado del cristal, la mujer desconocida que iluminaba su mundo y sus sueños había abierto la cortina, dejando pasar la luz… y uniendo sus dos mundos.

Por un instante, Caleb no supo cómo reaccionar. Después de dos años en que bebía de su imagen distante, ahora esos ojos lo miraban directamente, sondeándolo con una curiosidad inherente en ellos.  ¿Qué debía hacer? Notó como la incomodidad nacía de su bajo vientre y se extendía por todo el cuerpo. Un sentimiento de impotencia que lo atenazaba, que le impedía romper aquel cristal y traspasarlo. ¿Por qué debía hacerlo? Él, al fin y al cabo, solo era una sombra y acabaría desvaneciéndose de aquel mundo igual que como había llegado, sin dejar huella alguna. Solo un recuerdo vago en un día de niebla. Solo una carcasa vacía que yacería en una mesa de metal fría, pues quizá su alma hacía años que había pasado al otro lado del abismo. Pero si era así ¿por qué en aquel momento, un sentimiento de placer competía con la impotencia, colándose por los resquicios de su muralla? Durante años, se había protegido a sí mismo del dolor vaciando su interior de cualquier sentimiento. Pero cuando ella posó su mirada en él, cuando mostró una sonrisa tímida, cuando su mano se alzó hasta rozar el muro de vidrio, algo en su pecho latió con fuerza. Como el sonido de un tambor que avecina un nuevo acontecimiento.

Entonces lo comprendió. Él era una sombra, sí, pero… ¿Acaso había luz sin sombra? ¿Acaso era su existencia inútil? Vacilando, alzó su mano hasta el reflejo de ella, como si realmente pudiera traspasar la ventana y entrar. Durante dos años, había estado contemplando desde la penumbra de su existencia aquella mujer, contemplando sus gestos, sus sonrisas distraídas y sus miradas preocupadas. Ahora todo eso parecía estar enfocado en él. En aquel instante, ella reconocía su existencia. En aquel instante, supo que daba igual que estuviera vacío, que hubiera sido solo una presencia desvanecida en el mundo. Por qué en el mismo instante en que ella lo había mirado y habían juntado sus manos a través de ese muro que siempre había creído infranqueable, ella había llenado su interior. Su sonrisa lo llenaba de esperanzas e ilusiones de nuevo. Su mano traspasaba, a través del cristal, y le transmitía un calor que, por mucho tiempo que pasara, Caleb no olvidaría.